Leonardo Guzmán
Leonardo Guzmán

Tragedia de fondo

Ante la muerte ensangrentada del ciudadano Heriberto Prati, el Ministro Bonomi dijo: “Enfrentarse al delincuente tiene malos resultados… Con un arma a la vista no es conveniente resistirse.”

Ante la muerte ensangrentada del ciudadano Heriberto Prati, el Ministro Bonomi dijo: “Enfrentarse al delincuente tiene malos resultados… Con un arma a la vista no es conveniente resistirse.”

Seamos francos. En estos años de convivir con la delincuencia, quienes sabemos que la vida vale más que el dinero, el celular y los championes nos hemos dicho cosas parecidas: entregar todo antes que salir herido o muerto.

Y sin embargo, esa reflexión en boca del Ministro obtuvo una rechifla de campeonato. Es que los Secretarios del Interior no están para recomendar lo obvio y dar consejos de tarotistas sobre cómo actuar ante las consecuencias de su propio fracaso ministerial. Están para resolver; o por lo menos, para ensayar cambios (por favor ¡más inteligentes que la actual moda de dejar a los comisarios sin patrulleros!). Eso sí, con dos límites absolutos: la sensibilidad ante la muerte y la conciencia para irse cuando no dan más.

Sin cálculos sectoriales que suenan a mezquindad respecto a una cartera -antiguo Ministerio de Gobierno- que es corazón, arterias y pulso de la seguridad republicana.

Lo que indignó a la ciudadanía por encima de lo que cada uno haya votado, no es la trivialidad de lo poco que dijo el Ministro sino la importancia de lo mucho que calló. Se tragó nada menos que el valor moral de la inmolación de Heriberto Prati, en el sentido estricto de haber dado la vida en bien de alguien.

Con su esposa llevaba a una amiga de la familia a su casa y al bajar ésta del auto, la asaltaron. En un relámpago, Prati conjugó todos los verbos del coraje.

Su valentía le costó la vida. No es deseable, nadie lo quiere, pero es valioso y merece honor.

Prati no fue “ejecutado”: fue asesinado. No fue “un hombre” ni “un vecino”: fue un señor, que revivió la vieja hidalguía del caballero que, sin sentirse quijote, no se permite resignarse a mirar para otro lado cuando en sus propias narices están asaltando a un prójimo.

Por eso, el señor Prati entró el sábado en el panteón mayor de los mártires civiles de esta época, a cuyo costado gimen todos los que perdieron algún ser querido a manos de asaltantes drogados o no.

Insinuar que cometieron un error las víctimas que obedecen al instinto de defenderse ofende no sólo al señor Prati sino a la tradición nacional de entregar la vida por un semejante o un principio: Atilio Pelossi, que en 1924 murió calcinado en un incendio frente al teatro Victoria, Río Negro casi Uruguay, por salvar a una señora desconocida; Gustavo Volpe, que en 1954, saliendo de un brillante examen en Medicina, persiguió a quien había robado a una pasajera en un ómnibus y murió apuñalado; y tantos otros -policías subalternos del Ministro y civiles en las más diversas funciones públicas y privadas- que a diario no miden riesgos al cumplir un procedimiento, emitir un dictamen libre o adoptar una resolución incómoda.

Que nada de eso se refleje en mensajes orientadores del Ministro del Interior ni de ningún otro gobernante nos muestra que se están violando reglas espirituales de orden público.

Carlos Vaz Ferreira enseñó con sabiduría: “Los gobiernos que corrompen hacen, a veces, aun más daño que los que matan”.

Esa es la tragedia de fondo sobre la que se recortó el horrible crimen de esta semana.

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