Leonardo Guzmán
Leonardo Guzmán

¡En todos los planos!

Lo sufrimos todos: hay temas de actualidad que reaparecen a diario, porque se comentan y se empantanan pero no se resuelven.

La seguridad en caída libre, con el aumento ahora confesado de rapiñas y homicidios.

La educación pública, que hamaca su falta de inspiración entre reclamos, paros y huelgas, mientras el Uruguay no levanta cabeza en los torneos del saber.

La miseria callejera, la salud… ¿A qué seguir, si el índice lo tenemos inscripto en la médula y su temario va a figurar entero la campaña que viene?

Por otra parte, dada la índole de lo que tenemos pendiente y ardiente, ¿no es acaso natural que semejantes tópicos nos obsesionen y los invoquemos a cada rato? ¿Y no sería acaso deseable que los discutiésemos con la apertura propia de la República, saliendo a buscar al ciudadano no tanto para computarle el voto sino para construir con él los tiempos que vendrán?

Ahora bien: los temas básicos que nos acucian no se nos presentan aislados. Comprenden valores sagrados como la paz pública, la vida, la integridad corporal, la seguridad, la propiedad y la cultura. Es decir, comprende al hombre entero.

Basta advertirlo, para sentir que no pueden saciarnos las propuestas únicas o unilaterales. No nos sirvió apostar todo a una reforma procesal que a los seis meses hay que revisarla. Tampoco puede servirnos llamar a las Fuerzas Armadas desde una reforma constitucional que demoraría 3 años: el país no necesita tajear el Texto Magno con más injertos antiestéticos que los que ya tiene. ¡Precisa devolver imperio a sus normas, por las cuales la República define la elevada clase de hombre y de nación que está llamada a construir!

Y precisamos algo más: darnos cuenta que nuestras fallas surgen de carencias, costumbres y errores que nos afectan desde hace décadas. Por tanto, no es cosa de contentarnos con enfrentar los temas más álgidos, viviendo desde las imágenes del último asalto que nos conmovió y olvidando todas las facetas profundas de la actual decadencia.

Venimos de una larga etapa de empobrecimiento filosófico y debilidad doctrinal. Agotamos todos los figurines atractivos de la practicidad y el pragmatismo. Achicamos el horizonte educacional del liceo oficial, aceptando bajos niveles de lógica matemática y gramatical, suprimiendo idiomas y rebanando énfasis. A fuerza de callar los grandes temas del espíritu, dejamos que campee, olímpica, la pereza mental.

En este contexto, la falta de independencia personal, laboral y política ha formado un tipo de hombre ajeno al interés general, indiferente hasta el punto de carecer de ejercicio efectivo de la ciudadanía.

A su vez, ni los formularios estándar ni el ojo vigilante de las cámaras consiguen sustituir a una autoridad institucional que ya no se cimenta en principios ni los invoca.

Por tanto, la sensibilidad cívica no debe restringirse a los temas de primera plana ni acotarse solo a la política o solo a la coyuntura económica.

Al contrario: debe ampliarse, para que el Uruguay —¡manejado por gente que sepa!—, afronte todas las luchas que lo esperan desde las raíces humanistas del Derecho.

No son solo las que hacen títulos desde las zonas rojas y la marginalidad pastabasera.

Son todas las luchas que por librarlas a medias y sin ganas, nos han sumido en modos de vida que traicionan el proyecto colectivo de edificar un gran país.

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