Leonardo Guzmán
Leonardo Guzmán

Los sueños del Cilindro

Calculadamente, lo que resta del que fue orgulloso Cilindro Municipal Dr. Héctor Grauert se derrumbará a las 13 horas de hoy: 18 segundos de detonación, 90 decibeles ensordecedores y por implosión será polvillo y escombros.

Calculadamente, lo que resta del que fue orgulloso Cilindro Municipal Dr. Héctor Grauert se derrumbará a las 13 horas de hoy: 18 segundos de detonación, 90 decibeles ensordecedores y por implosión será polvillo y escombros.

Tendremos un símbolo más del descuido de los emblemas que supimos edificar y el pisoteo de los valores que hubimos de abrazar.
Al decir del Ing. Mario Salvadori, Decano de la Columbia University de Nueva York, el techo colgante del Cilindro fue “la idea más brillante que se aportó al hormigón armado en los primeros 50 años del siglo XX” y convirtió a su autor en “un ícono de la ingeniería nacional y mundial”.
El creador no tenía título universitario. Era Leonel Viera, el tacuaremboense que dejó sus estudios de Ingeniería y con modestia se entregó al oficio de constructor y calculista, pero con independencia lo encaró con la grandeza y la originalidad de quien piensa por sí mismo: de lo cual dio pruebas no sólo en este monumento que despedimos sino en el puente ondulado que lleva su nombre en la Barra de Maldonado y en múltiples edificios de Montevideo.

Al Cilindro lo recordamos como sede del Campeonato Mundial de Basquetbol de 1967, cárcel transitoria al comenzar la dictadura, aula para exámenes multitudinarios, albergue para evacuados y escenario para rockeros volátiles y recaudadores. Pero este circo nació en 1956 como sede de una Exposición Nacional de la Producción que corporizaba los sueños de un Uruguay orgulloso, fuerte y ejemplar. Era el Campeón del Mundo del 50 que se afirmaba como nación industrializada sin los atropellos de un Perón. Era el país hospitalario con los desterrados de toda América, que creía en la racionalidad del Estado de Derecho hasta el punto de suprimir el unicato presidencial y gobernarse por un colegiado, invento propio. Era la República unida en torno a la libertad y creyente en la justicia social sin odio de clases. Era la nación que se estremecía por la Constitución explicada por Aréchaga y que escuchaba la enseñanza de Vaz Ferreira: pensar directamente los problemas, por ideas a tener en cuenta y no por sistemas preformados.

Fue desde esos vectores del espíritu —tan abiertos como rigurosos— que se construyó esta mole ahora condenada a desplomarse. La materia está hecha de sueños, muestra Stephen Hawking, retomando a Platón y los pitagóricos. Pues bien: los sueños institucionales que se corporizaron en el Cilindro sobrevivirán al estruendo y al derrumbe y volverán a materializarse, mejorados por la enseñanza que dejan las aciagas experiencias que el Uruguay ha padecido cada vez que abandona las reglas supremas de su equilibrio íntimo.

¿O acaso no sentimos hambre de legalidad ante la violación de la norma constitucional que prohibe a Antel apartarse de sus cometidos, para montar un Arena-entertainment-millones sobre las ruinas del Cilindro culpablemente abandonado?

¿O acaso no sentimos espuelas de libertad al comprobar que, por importar los métodos que denunció Snowden, se han aceptado sofisticados equipos que ¡por un simple error! grabaron por meses las llamadas de la Suprema Corte de Justicia sin que nadie se diera cuenta?
¿O acaso no nos escuece el alma la impúdica intervención preelectoral del Presidente de la República a favor de su cónyuge?

Nada de eso estallará hoy a las 13. Tras el toqueteo frívolo que ha dado en llamarse progresismo, ¡los principios vuelven a convocarnos!

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