Leonardo Guzmán
Leonardo Guzmán

Soledad para todos

En episodios distintos, mueren dos inocentes por balas descontroladas de una policía que hoy no tiene responsable político. Lo cual es un horror institucional.

Y además, es una quiebra lingüística, porque tanto policía como política derivan de "polis", ciudad, y su raíz común patentiza que la organización y el orden son genéticamente gemelos.

En la investigación de las tarjetas corporativas de Ancap al ex Vicepresidente de la República, Raúl Sendic, se le tipifica abuso de funciones y reiterados peculados —es decir, apropiaciones indebidas en ocasión de ejercer la función. La Fiscalía pide el procesamiento, pero sin prisión. Lo cual ataca los sentimientos igualitarios y normativos hasta provocar escalofríos. Y se agrava cuando, en las mismas horas, un fiscal independiente de la talla de Gustavo Zubía deja su puesto denunciando que se está produciendo una acumulación exponencial de denuncias que quedan sin tramitar. ¿Dónde estamos?

¿Pero a qué seguir? Las perplejidades e indignaciones nacionales ya no caben en este espacio. Abarcan la vida política, la vida del Derecho, la vida económica y la vida a secas. Y entonces, a un año y meses de las elecciones, parece obligado pasar balance y pensar cómo y a quiénes votar.

Y sin embargo, nuestros problemas ya no son sólo políticos, jurídicos y económicos, ni se reducen a la contraposición de izquierda y derecha ni se resuelven con sólo elegir bien.

En planos muy profundos tenemos la convivencia enferma, en el sentido original y doloroso de la palabra: desde las relaciones civiles espontáneas hasta la vigencia del civismo, el Uruguay de hoy tiene mucho —demasiado— de infirme: nos falta firmeza.

Descargando a gatas lo más personal de nuestras convicciones en el lenguaje impersonal de las redes sociales, hemos cultivado la atomización de la ciudadanía con encierro de cada uno en sí mismo. Por esperar el liderazgo salvador brujuleando encuestas, por reducirnos a meros espectadores de resoluciones adoptadas en círculos exclusivistas, hemos olvidado que es responsabilidad de todos y cada uno forjar el destino personal y colectivo. Por aceptar la doctrina oficial según la cual todo en la sociedad es conflicto de intereses, en vez de enfrentarla en nombre de los ideales humanistas que consagra nuestra Constitución, hemos dejado marchitar la convivencia respetuosa que supimos construir cuando éramos mucho menos y teníamos mucho menos PBI. Por tolerar que los sistemas de gestión dejen afuera a la persona, hemos reducido el protagonismo propio y ajeno. Y ha sido por esos extravíos que hemos dejado montar un sistema de soledad para todos.

Salir de este cuadro de apatía cruzada con sufrimiento va a requerir una respuesta radical que conjugue el amor, la razón, la voluntad, la cultura externa y el cultivo interior: es decir, una respuesta que armonice y fortalezca el espíritu, sede de la libertad y forja para el encuentro creativo de los discrepantes.

Por reflejo del mundo pero también con yerros propios, hoy tenemos atacada la esencia de la personalidad humana, asiento natural de la Constitución de la República.

Para defenderla, es tiempo de derribar vallas y sacar al espíritu individual y público del CTI, donde lleva demasiados años anestesiado.

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