Leonardo Guzmán
Leonardo Guzmán

Sangre y horizonte

Balmer Lucas, albañil de 58 años, en su modesta casita de Manga oyó los gritos de una vecina. Salió. Enfrentó al intruso. Murió de siete puñaladas.

Balmer Lucas, albañil de 58 años, en su modesta casita de Manga oyó los gritos de una vecina. Salió. Enfrentó al intruso. Murió de siete puñaladas.

El mismo homenaje que el viernes pasado le rendimos a la valentía de Heriberto Prati, asesinado por defender a una señora asaltada, se lo entregamos hoy al señor Balmer Lucas, que probó que, como todos los valores morales, el coraje es patrimonio del ser y no del tener.

Sigue en imparable expansión el panteón de los mártires de la inseguridad, con memoria admirativa por los que se murieron resistiendo y memoria afectuosa por quienes se fueron en mansedumbre. Ese panteón pronto será un altar ciudadano.

Nos obligará a construirlo el pertinaz incumplimiento del mandato constitucional de garantir la seguridad a todos los habitantes de la República, que ha transformado en moneda corriente lo que hasta no hace tanto tiempo era apenas episódico.

Tras el homicidio del boliche de la calle Colorado, donde un joven de tan solo 19 años fue baleado por tres patovicas-policías (¡!), ya no es noticia que en pleno día, el domingo en Carrasco le apoyaron un revólver en la frente a una señora que, con su esposo y su padre, paseaba a sus mellizos de pocos meses, y que los despojaran a todos de cuanto llevaban encima.

Pero lo que importa no es revitalizar el delito como noticia. No podemos disolver el alma en el instantaneismo de indignarnos para olvidarnos enseguida.

No debemos aceptar alzarnos de hombros con un “¿qué le va a hacer?” que ya se ha convertido en costumbre que nos paraliza no solo ante la inseguridad: también ante la ineducación, la incultura, la mentira y el disparate.

Si con Mujica & Co. corrimos las fronteras del aguante, es hora de restablecerlas, sin callarnos ante absurdos antidemocráticos como esto de pedir el Frente Amplio que el Pit-Cnt entre en el juego de una reforma de la Constitución, en acto que por definición sería corporativista -léase fascista.

El Uruguay del sueño igualitario y liberal, de la justicia social por consciencia política, fue inoculado hace décadas con el odio de clases que nos trajo primero la guerrilla y ahora la anestesia.

Pero los hechos son tercos: hoy el pobre roba al pobre; la muerte a manos de rapiñeros drogados no se detiene en la diferencia entre proletarios y burgueses… y el relativismo paraliza a una mayoría parlamentaria absoluta que ya lleva doce años de vigencia.

Entre tanto, las tragedias a diario nos recuerdan que somos personas hermanas, antes y más allá del oficio que nos ganemos o que nos toque en suerte.

Resurge entonces un horizonte de luz, por encima de la sangre derramada y los disparates -farmacias surtiendo a drogadictos, pasión por Maduro- que generan las pulseadas de poder no inspiradas por principios.

En vez de menear reformas de la Constitución, hace falta que dialoguemos para cumplir la que tenemos, sin convertir al Derecho en un tatetí vacío y sin aislarlo de los valores que lo sustentan, rectificando los yerros por los que vinimos a parar en el desorden actual, y reconstruyendo los valores en busca de una nueva síntesis nacional.

Hace falta a gritos. Se puede. Requiere, de todos, la decisión de repensar el pacto nacional de convivencia.

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