Leonardo Guzmán
Leonardo Guzmán

De la sala Adela Reta

Los datos de los problemas nacionales pueden tabularse, expresarse en gráficas, encuestarse según modelos matemáticos y disertarse en desayunos, almuerzos y jornadas académicas. Podemos regodearnos en las ridiculeces de la cuantofrenia que denunciaba Sorokin hace 70 años.

Pero nunca habrá cifras suficientes para dar cuenta de las desgracias que vivimos, entre niños vulnerados, jóvenes sin destino, adultos drogados, ancianos maltratados, corruptelas a medio indagar, incoherencias penales y una ristra de insensateces que, por encima de niveles económicos, debilitan y enferman a todas las clases.

Los números no bastan por una sencilla razón: lo que nos pasa no es material y, por ende, no resulta cuantificable. Vivimos una caída cultural, con los sentimientos debilitados y los conceptos confundidos. Una enfermedad colectiva del alma. No solo uruguaya, pero con rasgos nacionales, puesto que gran parte de lo que nos ocurre es caricatura light de lo que supimos construir cuando dábamos el ejemplo en América.

El arresto ciudadano de Toledo no fue el primero, pero este fue más lejos: quiso ser justicia por propia mano y bordeó el linchamiento. ¿Qué más debemos esperar en la tacita de plata?

Lo mismo si se encara la vida desde la izquierda, desde el centro o desde la derecha, es hora de sacudirnos toda pereza y salir frontalmente a reconstruir los mínimos institucionales sin los cuales no funciona el país.

Esa tarea —urgente, de salvación pública— exige ir a buscar los valores perdidos en sus fuentes artísticas, filosóficas, anímicas. Asomarse de veras a la vida. Baudelaire escribió: "El hombre pasa entre bosques de símbolos que lo observan con mirada familiar". Tenía razón en la Francia del siglo XIX y la tiene en el Uruguay del 2018. El hombre —el "tipo" de nuestro Wimpi— pasa entre los símbolos, distraído, silbando bajito, con las manos en los bolsillos y mirando para otro lado. Pero su inacción es cada vez más interpelada por la realidad que sufre toda la República.

"La música no está en el pentagrama: está entre la partitura y los intérpretes", me enseñó nuestro fecundo maestro Carlos Weiske hace más de una década. "La partitura tiene todo, menos la música" dijo al pasar el eminente director chileno Francisco Rettig, ayer en el ensayo de la 3ª —Eroica— de Beethoven.

Con la Constitución pasa lo mismo. El Derecho no está en la letra sino en quienes la interpretan —los gobernantes y los gobernados todos. Y la Constitución tiene todo, menos la vida. Lo escrito es el punto de referencia común. Ahí están los principios y las normas previsibles. Ahí está el pacto de respeto recíproco desde el cual debemos construir, tomando el ejemplo de países mucho más pequeños que el Uruguay, que supieron edificar destino a partir de su fortaleza de espíritu.

En el mismo escenario de la Sinfónica estuvo el domingo la Sonora Borinquen. No es Beethoven, no es la Ossodre, pero es ritmo y melodía popular —como populares fueron muchos temas que se sublimaron en obras sinfónicas hoy clásicas. En definitiva, todos leen el mismo pentagrama y todos crean música a partir del mismo lenguaje ordenado y común.

Si no pasáramos distraídos ante el bosque de símbolos que —ya desde su nombre— sintetiza la Sala Adela Reta, acaso nos daríamos cuenta de cómo hay que leer la Constitución para pasar todos a vivir como gente.

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