Leonardo Guzmán
Leonardo Guzmán

Recuerdos en futuro

Las encuestas le ponían números a lo que sentía cualquiera y las urnas lo confirmaron.

Aun con billetera estatal abierta a su clientela y con publicidad oficial flechada, el continuismo fracasó: nada bastó para compensar los lastres en educación, Ancap, Sendic, crímenes diarios, Bonomi, drogadictos maldurmientes y tantas barbaridades más.

Casi las dos terceras partes de la ciudadanía se empachó, se hartó y se agotó. Fueron los hechos del Frente los que enterraron la época en que se jactaba de ganar con una heladera como candidata. Son esos hechos los que para el balotaje debilitan y aíslan al binomio Martínez-Villar, mientras un estremecimiento de esperanza crece en el alma de una mayoría más que expresiva.

La crónica política ya imagina el gabinete de Lacalle Pou y se interroga sobre el destino de un gobierno sin piloto automático en el Poder Legislativo. Es que suena a novedad. Pero tiene antecedentes.

Sí: la gran obra de los partidos tradicionales entre 1904 y 1970 -tiempos que se llamaron Batlle y Herrera, y también Manini y Frugoni- se edificó muchas veces con el Poder Ejecutivo sin mayoría parlamentaria y hasta en lucha a brazo partido con minorías decisivas. Fue posible construir, porque el Uruguay cultivaba polémicas francas y diálogos honestos. Buscaba concordancias al aire libre, en la plaza pública, sin jibarizar las ideas en mensajitos y sin imponer resoluciones a fórceps en plenarios íntimos.

Si recordamos algo de eso, las vías de debate libre y acuerdos parlamentarios nos aparecen como un retoñar del pensamiento libre, que fue, es y será siempre el camino más fecundo que el hombre tiene a su alcance. Si al modelo de la política de ideas que le dio señorío al Uruguay le agregamos las herramientas de precisión generadas por la actual filosofía de la vida pública -de Habermas a Ferrajoli- podremos armar un modo de vida que saque al Uruguay de sus actuales festejos por estar entre los menos malos de los peores y que lo lleve a erguirse, otra vez, como modelo institucional entre los mejores.

Eso sí: no esperemos todo de las reformas político-económicas de los entendimientos en ciernes. Más que una crisis, el Uruguay soporta una decadencia cultural paralizante de toda su vida. Vació de humanismo buena parte de la formación universitaria. Reemplazó los ideales por las explicaciones. Dejó de ser un pueblo que piensa por sí mismo. Nada de eso se resuelve por ley o decreto. Todo requiere la decisión vertical de quienes no hayan embotado su sensibilidad. Todo exige un “Levántate y anda” del espíritu. Y eso no hay que pedírselo a ningún gobierno. Es responsabilidad de cada uno como persona y de todos como ciudadanía.

Desde 1918 tenemos una Constitución con elevados principios de Derecho Público y abierta -a la vez- a la iniciativa privada y al socialismo. Por tanto, nuestro imperativo es no azuzar a unos contra otros, machacando que hay “dos proyectos de país”. ¡Hay y debe haber uno solo, el de la Constitución, asentada en la persona, que es en sí misma individual y social!

Y la persona -atropellada en estos años en que se alardeó sobre derechos humanos-, necesita hoy que se le restituya el protagonismo, el respeto y la sensibilidad, que son tema de orden público espiritual.

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