Leonardo Guzmán
Leonardo Guzmán

Recordar derechos

Hasta las alegrías se nos encharcan con bochornos! Apenas 7 semanas después de festejar un honroso quinto puesto mundial, también nuestro fútbol pasó del vibrato popular al escrache en crónica policial.

Audios y acusaciones le regalaron pretextos a una intervención foránea de la AUF que merece múltiples reparos jurídicos: esos por los cuales rechazó un empleo asaz atractivo el Dr. José Luis Corbo, coherente con la ejecutoria en que siempre lo vimos colocar al Derecho por encima de sus intereses políticos, deportivos y profesionales.

Pero hoy en el escenario público —no solo en esto del fútbol— el Derecho ha dejado de ser nítido e imperativo como manda la Constitución. Progresivamente desleído en un légamo de argumentaciones —que ahora se venden aparte de la retórica y la lógica—, ahora hasta parece natural que el Derecho se maneje y se manosee sin fundamentos y sin raíces.

A la vista de la laya de vida que nos está deparando tamaño desorden, es urgente buscar los correctivos. No están en un tratado sesudo para especialistas ni en la decisión iluminada de aparatos cada vez más despersonalizados. En cambio, hallaremos los remedios allí donde el Derecho renace a cada instante, espontáneo y limpio: en el dolor por el atropello, en la indignación ante la injusticia, en la conciencia de los derechos ajenos y propios.

En el Uruguay, afirmar los derechos no puede reducirnos a quedar uncidos a un aparato estatal de divisionismo, montado sobre la teoría de la guerra de clases o volcado en letreros del Mides que diferencian sectores para contraponerlos, olvidando lo universal humano. Afirmar nuestros derechos no es sacar patente de militante de una ideología que pretende erigirse en la única administradora lúcida de la vida de los otros.

Afirmar nuestros derechos no es repasar una cartilla, ni memorizar la Constitución Nacional, por más que en ella germinen semillas de la Carta Magna, la Ley de las Siete Partidas, el Fuero de Aragón, el Bill of Rights, la Constitución estadounidense, la Declaración francesa de los Derechos del Hombre y el Ciudadano y por más que hoy confluyan los innúmeros pronunciamientos que subsiguieron a la Declaración Universal de los Derechos Humanos gestada en el Palacio de Chaillot el 10 de diciembre de 1948 —pronto hará 70 años.

Recordar nuestros derechos no es reiterar la enumeración clásica de libertades y protecciones. Puesto que el Derecho y los derechos no son cosa solo del conocimiento, no basta saberlos racionalmente. Hace falta mucho más: integrarlos en el espíritu como resorte mayor, como vector exigente, como expresión de amor ideal en traje de fajina.

Recordar los derechos no es solo inventariarlos mentalmente sino, con precisión etimológica, traerlos al "cordis" —al corazón—, palpitar con ellos, sentirse portador de ellos y moverse apasionadamente desde ellos, ya fuere en defensa del interés ajeno o del propio.

Recordar los derechos es reconstruir en el corazón el proyecto de persona y de nación que instauró la República. Ese proyecto renace en todas las generaciones, cuando los renglones de la Constitución se leen con conciencia histórica y ciudadana, sin la anestesia de prejuicios y cucos mentales que instalan las ideologías amuralladas que se hacen llamar de izquierda pero impiden pensar.

Recordar los derechos es volver a proponernos lo que quisimos ser como país.

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