Leonardo Guzmán
Leonardo Guzmán

A propósito de Núñez

El psicólogo Gerardo Núñez fue denunciado por actos de violencia contra su ex pareja. La Justicia lo distanció de la víctima y lo sometió a un programa educativo. Él acató. Y además pidió licencia como Representante Nacional a la espera de que sus camaradas del Partido Comunista decidan su destino.

Entretanto, las militantes femeninas de género anuncian que “no se quedarán calladas cuando quien ejerce la violencia es alguien que ocupa un cargo político”, pues los hombres públicos “deben ser modelos de comportamiento, sobre todo cuando se trata de quienes han sido electos para representarnos”. Algo en lo cual obviamente estamos de acuerdo.

Pero a renglón seguido reclaman que el señor Núñez sea obligado a abandonar la banca, argumentando que “Los feminismos como movimiento social y político siempre se han vinculado profundamente con ideales de izquierda, donde coincidimos en luchas históricas como lo es la lucha por una sociedad sin explotados ni explotadores, la lucha contra el capitalismo y la lucha de clases, entre otras. Por tal motivo esta conducta nos parece totalmente inadmisible”. ¡Y con eso ya no podemos concordar!

La reivindicación espiritual de la mujer nació 18 siglos antes de que en la Asamblea Constituyente surgida de la Revolución Francesa, unos diputados se sentaran a la izquierda y otros a la derecha, marcando el simbolismo de esa división.

La batalla por la igualación terrenal de la mujer no se consagró en el Uruguay por el voto de la izquierda, sino por la visión republicana y justiciera de los partidos tradicionales.

Fueron ellos los que en la Constitución de 1918 abrieron la posibilidad del voto femenino. Y fue por el talento de los legisladores batllistas y herreristas -colorados y blancos-, que en 1946 se consagró por ley la absoluta igualdad civil de la mujer y el hombre y hasta se los declaró titulares conjuntos de la patria potestad. Con lo cual el Uruguay marcó rumbos en América.

Eso fue así a lo largo de un siglo, en el cual los partidos de mayor raigambre histórica no se dejaron inficionar por los dogmas de la lucha de clases. No los aceptaron nunca como criterio para interpretar la historia y no los usaron nunca como método para apoderarse de los poderes públicos. Y porque así fue y así sigue siendo, esos partidos hoy no están embarcados en las contraposiciones -crispadas con libretos de Gramsci y Marcuse- por las cuales se soliviantan sin freno las luchas de género, en vez de armonizarlas, en todos y para todos, amplificando la luz del respeto recíproco y la libertad.

En la filosofía de la Constitución Nacional, lo primero es la persona con sus derechos intrínsecos. El andamiaje institucional se construye sobre ella, para mejor servirla.

Quienes apuntamos a la convivencia fraterna y no al desguace de unos por otros, tenemos que ver con alarma que se introduzca una bipolaridad fascista, en el país que aprendió a aplaudir y condenar pero también aprendió que el Derecho contiene una fraterna comprensión hacia las debilidades humanas e impone castigos proporcionados, sin muerte civil ni siquiera para el peor de los delincuentes.

En el Uruguay, ante un episodio como éste la conciencia personal y pública no debe depender de los forcejeos íntimos de un partido ni puede sustituirse por la grita fanática que aquí evidenciamos.

También después de enfrentar errores y culpas -¿quién no los tuvo nunca?-, la persona sigue teniendo derechos.

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