Leonardo Guzmán
Leonardo Guzmán

Programas y principios

El mismo 19 de junio en que se cumplieron los 250 años del Natalicio de Artigas, un nuevo Borbón, Felipe VI, asumió ayer como rey de España.

El mismo 19 de junio en que se cumplieron los 250 años del Natalicio de Artigas, un nuevo Borbón, Felipe VI, asumió ayer como rey de España.

Por la misión que cumplió su padre Juan Carlos en la transición a la democracia —en España, y también en nuestras veredas— y por la ciclópea tarea que le impondrá la ristra de cargas que hereda —crisis económica, corrupción, separatismo—, merece y necesita cálidos augurios.

Los amantes de la igualdad republicana no aplaudiremos nunca la monarquía con sus privilegios de sangre, sus cortes, sus gastos y sus implicancias. Aun así, reconocemos que hay unos pocos países donde el rey se afianza en una función simbólica, guardiana de valores estabilizantes, que le otorga legitimidad por los resultados y que explica el empecinamiento con que algunos pueblos civilizados mantienen a la institución monárquica. No ha sido el caso de España, que por algo vivió ayer su tránsito real debido a una abdicación, vaya si consentida tras tropezar el ex rey en su yerno y revelarse que en plena crisis había viajado en secreto al África a cazar elefantes. Pero nada manda descartar que el nuevo titular le restaure al cargo el vigor que se le malgastó; y si eso es para bien de España, nos alegrará a todos.

Por lo que a nosotros respecta, seguiremos apegados a nuestro Artigas, cuyo cuarto de milenio debió celebrarse con majestuosidad, a pueblo entero, en vez de asomar apenas por una rendija de atención entre las internas y el fixture del Mundial.

Cien años antes que el poeta Kipling revelase que el éxito y el fracaso son dos impostores, Artigas lo aprendió y lo enseñó con el pulso de su vida y la perennidad de sus ideales. Y es así como el magisterio de la Oración de Abril y las Instrucciones del Año XIII lo sobreponen más allá de sus victorias y sus derrotas.

En la Oración, declaró para siempre que la soberanía del pueblo libre debe estar por encima del gobernante: “Mi autoridad emana de vosotros y ella cesa por vuestra presencia soberana.” En las Instrucciones, sentó las bases de un proyecto democrático republicano, montado sobre ciudadanos que fueran señores de sí mismos. Lo pensó para el Río de la Plata, pero lo cimentó en fundamentos cuya validez vence al tiempo y al espacio. Dejó el destino de “los pueblos” en su apertura a las ideas no pensadas todavía. Depositó la fe en los progresos que iban a emanar del hontanar surgente de la regla de oro: “La libertad civil y religiosa será garantizada en toda su extensión imaginable.”

Corren hoy horas preelectorales. Se comparan eslóganes más que programas. Se dicen de izquierda progresista los mismos que mantienen hundida a la educación pública, se abrazan con Soros para legalizar la marihuana y se relamen por atraer inversores extranjeros en vez de forjar emprendedores nacionales. Entretanto, múltiples iniciativas van agrupando a las conciencias ciudadanas por fuera de las fronteras partidarias.

Tras haber sido laboratorio para la sensatez y para los extremismos, al Uruguay —todas las llagas sufridas, todas las cuentas hechas— le renace la libertad espontánea, anterior a los lemas, “la libertad civil” que columbró Artigas. Los ciudadanos enfrentamos temas que no se resuelven sólo en un programa de gobierno de una fracción determinada, pues exigen el remozamiento de los principios del hombre y el Derecho, sin cuya vigencia dejamos de ser “nosotros mismos”.

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