Leonardo Guzmán
Leonardo Guzmán

Profanando por alquiler

Intendencia de Montevideo alquiló nuestra Plaza de la Independencia. Todo incluido: profanación múltiple.

Por tres días se cortó el tránsito desde Brecha hasta Convención y se prohibió a los peatones cruzar la Plaza y su derredor.

Al césped se lo rebanó.

A los árboles se les puso pollerín.

A un ejército de extras supuestamente desnudos se los filmó frente a la Presidencia de la República.

A la base del monumento a Artigas, se la enmascaró de verde.

Sobre los restos del Héroe, se montó un operativo sin alma.

Se clausuró la principal Plaza capitalina y se hizo escarnio de símbolos nacionales, que son inseparables de nuestras instituciones y nuestra iconografía.

Y sobre todo, son inseparables de los sentimientos históricos y cívicos de esta Montevideo Muy Fiel y Reconquistadora que el 21 de Setiembre de 1808 -mañana se cumplirán 211 años-, al enterarse de que el invasor francés había depuesto a los Borbones para encaramar a José, hermano de Napoleón, intuyó la soberanía, marchó al Cabildo e inició el movimiento juntista que iba a seguir en Chuquisaca, La Paz, Lima y más.

El atropello no ofendió únicamente a la imagen de sitios públicos respetables por su jerarquía. Jugó con el sitial superior que merecen los valores esenciales en la identidad nacional: entre ellos la Independencia, hermana gemela de nuestra libertad.

Tamaño mamarracho no se justifica por dinero, ni por actualización tecnológica ni por vanguardismo. En Derecho y en todo orden normativo, son y deben ser infranqueables las fronteras interpersonales de la sensibilidad, asiento del orden público espiritual. Igual que en las personas bien hechas, en la vida pública es falso que todo tenga precio, todo esté en venta y nada pueda tenerse por verdadero y exigible.

Sean de izquierda dialéctico-marxista o de derecha consumista, todos los prejuicios del materialismo se apoyan en determinismos económicos y en relativismos morales. Con esa base, la triste tarea de embotar, aturdir y manejar el corazón y la cabeza del prójimo ha llegado a instalar una industria con pingües ganancias, en torno a formas de egoísmo ciegas para todo ideal.

A costa de sí misma, la humanidad hoy va viendo claro a dónde la lleva olvidar que hay principios mínimos que son incondicionados, cuya luz asoma desde el primer yo-soy-tú que aprende a adivinar el bebé cuando empieza a hacerse niño.

Con esa experiencia hecha, nuestro deber es poner énfasis en todo lo humano que hoy guardamos callado. Tenemos que revitalizar a la persona, al Derecho y a los símbolos de valor. Para ello, empecemos por darnos cuenta de que esto que nos pasó en la Plaza no fue casualidad. Fue una expresión más de un desmontaje programado de la autoridad y sus íconos, que empezó cuando la Intendencia acuñó el pictograma “Mi casa”, osando archivar el escudo de Montevideo que ostenta el respetuoso y orgulloso apotegma artiguista Con libertad ni ofendo ni temo.

Con ese antecedente, la Intendencia recaudadora y persecutoria apalabró y firmó este arriendo de laya impresentable. ¿Puede extrañarnos que también haya osado archivar el mandato de no vender el rico patrimonio de los orientales al vil precio de la necesidad?

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