Leonardo Guzmán
Leonardo Guzmán

Política y principios

Si se habla de la ex Pluna y sus inconstitucionalidades, sus procesamientos y sus revelaciones, saltan las voces acusatorias: ¡atrás, quieren hacer política!

Si se habla de la ex Pluna y sus inconstitucionalidades, sus procesamientos y sus revelaciones, saltan las voces acusatorias: ¡atrás, quieren hacer política!

Si se denuncia la demora de Ancap en entregar un balance que termina arrojando déficit por 169.000.000 de dólares, otra vez: ¡quieren hacer política!

Si se pone la carne de gallina porque un paciente se murió tras esperar ¡ocho horas! una cama en el hospital de Las Piedras, dale al sonsonete: ¡atacan al sistema porque quieren hacer política!
Si se alza la voz contra el fracaso de la educación estatal, patentizado desde hace años en las cifras PISA y reconfirmado ayer con la confesión de que a Secundaria le faltan profesores de materias básicas, ¡a callarse, que todo lo que se dice es política, nada más que política, despreciable y sucia política!

Eso sí: si el cónclave gobernante quiere impedir investigaciones parlamentarias cantadas —hace tres años la de ASSE, hace tres días la de Ancap— ¡alzar unánimes las manos, por dictado de la política, nada menos que de la política, altísima y noble política!

Para salvar Ministros o para acallar el clamor que provoca la inseguridad, se tragan sapos y culebras con tal de cerrar filas, santificando contradicciones y fracasos como exigencias de un libreto ¡político!
Más todavía: se llega a sentar a la política en el mayor de los altares cuando se la coloca, sin pudor, por encima del Derecho.

El esquema es tan simple como descoyuntado: si los hechos rompen los ojos, si repugnan a la sensibilidad ciudadana y son injustificables, lo que se hace desde las alturas es desvalorizar la intención del denunciante. Enojarse con el mensajero en vez de enfrentar la verdad del mensaje. Argumentar contra la persona y no sobre las evidencias. Para eso, atribuir intenciones políticas sirve. Insinúa que el adversario busca el poder con mala fe. Desvía la atención del cogollo —léase la angustia— de los temas de fondo. Y, de paso, como todos esos giros verbales dan por sentado que la política merece desprestigio, se los usa como anestésicos, sembrando el resignado “qué-va-chaché” contra el que se alzó Discépolo, allí donde, como ciudadanos libres, tenemos el deber de reclamar que se nos diga a fondo “de qué se trata” y se raspen los descalabros hasta el hueso.

Hablar mal de la intención política de los demás y santificar sólo la propia es colocar los dogmas por encima de la libertad en acción: la política no es el mercadeo del voto sino el atrio de los conceptos —el ágora— donde debe cultivarse la reflexión ciudadana sobre los problemas comunes a la vida de la República.

Por lo demás, para sentir en los huesos fracasos y bochornos como los enumerados al comienzo de esta nota y para estremecerse de vergüenza por el aporte de coprolalia —manía de hablar excrementos— que el Presidente Mujica hizo con tanto éxito ante la FIFA para defender a Luis Suárez, para indignarse con todo eso y clamar por su reversión, no hacen falta emociones políticas a favor ni en contra del gobierno.
Eso es así, porque, en la vida práctica, los hechos son reales por encima de las intenciones o ambiciones con que el otro los desnude.

Y es así, sobre todo, porque la esencia de la política es la búsqueda de la mejor manera de obedecer y hacer cumplir los principios generales de Derecho, que emanan de la Constitución.

Nada menos que eso es lo que hemos jugar en los comicios de dentro de diez semanas.

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