Leonardo Guzmán
Leonardo Guzmán

Persona y colectivos

Antes, en el Uruguay conocíamos como “colectivo” a un ómnibus chiquito que correteaba por todo Buenos Aires. Ahora “colectivo” es un grupo grande, unido por lazos de trabajo o de intereses. Al ómnibus se sube y se baja cuando uno quiere. En cambio, al colectivo se lo integra aunque uno no quiera. No importa lo que se sienta o se piense. Desde afuera, a cada uno se lo juzga como parte de apetitos comunes, contrapuestos a los ajenos.

Antes, en el Uruguay conocíamos como “colectivo” a un ómnibus chiquito que correteaba por todo Buenos Aires. Ahora “colectivo” es un grupo grande, unido por lazos de trabajo o de intereses. Al ómnibus se sube y se baja cuando uno quiere. En cambio, al colectivo se lo integra aunque uno no quiera. No importa lo que se sienta o se piense. Desde afuera, a cada uno se lo juzga como parte de apetitos comunes, contrapuestos a los ajenos.

En vez de la adhesión de la persona -espontánea, crítica, con vida, matices y espíritu-, se considera socialmente necesaria la pertenencia de cada quien a su propio estamento. En vez de averiguar el grado de razón o sensatez del otro, se lo clasifica y se le atribuye una inspiración de clase, prima hermana de una sospechable mala fe.

Y no sólo eso. El llamado Ministerio de Desarrollo Social sale a buscar sectores para dedicarles un mes de exaltación -a sus orígenes, a sus gustos íntimos o a sus dificultades-, cuando el verdadero desarrollo que realmente necesitamos no consiste en avivar diferenciaciones ni en azuzar resentimientos, sino en reencontrarnos con lo universal humano, resolviendo dolores y postergaciones por principios generales y no por resobar desgracias.

Recorriendo ese camino, nuestro país ha llegado a vivir una desorientación y un desencanto de campeonato que desborda lo político. No es un consuelo saber que esa caída en el pensamiento público la compartimos hoy con otras naciones, porque si en la historia algo distinguió al Uruguay ante el mundo fue formar personas que eran tales en la opulencia y en la pobreza, sin enorgullecerse de la ignorancia y sin encharcarse en guarangadas. No es un consuelo, porque entre colectivos y pertenencias se ha instalado una visión del país -“la sociedad”- que lo maneja como si solo fuera una batalla de intereses, con protagonistas carentes de metas en común y ciegos a todo valor unificante, con lo cual se echa mano a la receta única de acallar los reclamos por lo bajo, en vez de sintetizarlos por lo alto realizando el ideal universal de justicia.

Sí: se nos instaló un corporativismo -nacional y también internacional- que no usa su nombre, pero exhibe el mismo desprecio por la libertad creadora que mostraba el corporativismo que derribó la Revolución Francesa entre el 4 y el 26 de agosto de 1789, cuando los diputados de la Asamblea Constituyente unánimemente abolieron las corporaciones -en la noche del 4- y formularon -el 26- la Declaración de los Derechos del Hombre y el Ciudadano, cuyos principios vencen al tiempo y son la matriz de la Declaración Universal de Naciones Unidas, vigente hasta hoy.

Ese corporativismo se nos cuela con especial facilidad merced a que no hay debates doctrinarios y, en cambio, se lavan los cerebros al punto de contagiar obsesiones del género del Pokémon, que le ponen marketing a la nada y colocan a las mentes a girar improductivamente en el vacío.

Frente a esto, es tiempo de abrir los ojos y enterarnos de que lo realmente atacado por la actual cruza de inseguridad con ineducación y desorientación no es un sector sino la condición humana, el amor al prójimo y la capacidad de abrazar en común normas que sean un imbatible punto de encuentro fraternal y una valla infranqueable ante los atropellos lejanos y cercanos.


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