Leonardo Guzmán
Leonardo Guzmán

El perpetuo renacer

El 23 de octubre de 1919 se promulgó la ley 6997, que derogó las festividades religiosas. Al feriado del 25 de diciembre lo llamó Día de la Familia.

Ocurrió “dentro del nuevo régimen constitucional” que separaba al Estado de la Iglesia católica. El cambio sonó a barricada anticlerical, pero tuvo fundamento ideológico. Fue un reflejo del positivismo inaugurado en Francia por Augusto Comte, que buscaba explicar lo humano sin metafísica y sin religión, solo con objetividad científica y datos neutros que constituyesen una “física social”, donde la evolución material explicase todo lo habido y por haber.

Cien años después, la ley sigue vigente. Pero en el Uruguay nadie se emociona con el Día de la Familia. Nadie lo incluye en sus augurios. Nadie lo promociona comercialmente. En cambio, enorme en los shoppings o diminuto en las barandas de las oficinas, el árbol inseparable de la Navidad nos sigue retoñando.

El positivismo ya no domina, aunque sobrevive en los retrógrados que proclaman la guerra de clases y niegan que los humanos podamos trascender de nuestro lodo, abrazando ideales comunes por encima de pertenencias e intereses. A su vez, la fe religiosa choca contra los noticieros, mientras el relativismo llama a no levantar vuelo, haciendo que por pereza mental las inquietudes aborten antes de inspirar respuestas.

Y sin embargo, en medio de todo esto, en el Uruguay aletean nuevas convicciones que, con Jaspers, podríamos unificar como “fe filosófica”. Más allá de las denominaciones y por fuera de los membretes, el uruguayo que no está secuestrado por las drogas o por el fanatismo vive un diálogo directo con lo universal y el Misterio. Abriga creencias sin iglesia. Tiene más preguntas que certezas, pero vuelve a sentir que, después de todas las miserias y brutalidades que ha soportado, debe responder irguiendo esperanzas. Y vuelve a simbolizarlas en la cuna de Belén que cambió la cuenta de los siglos.

Por encima de los hechos, volvemos a sentir una abrasadora sed de ascenso huma-no. Es que, como enseñaba Grompone, las cosas son y los valores valen. Por encima de la psicología y la sociología deterministas, vuelve a proclamarse el valor de la libertad creadora, que no es solo expectativa puesta en el gobierno Lacalle Pou, sino compromiso propio llamado a tornarse sed de lucha.

Carlos Benvenuto enseñaba en estas columnas de El País, que “hay cuestiones de orden público espiritual”. Tenía razón, porque si bien la virtud ciudadana es el principio de todo sistema republicano, co-mo proclamó Montesquieu, hay un impulso, un aguijón, una voluntad primaria que es anterior a todo sistema institucional y nos viene del espíritu cuando no está embotado. Es mezcla de lucidez, asombro e indignación. En toda persona y en todo pueblo, es la fuente principal de los impulsos normativos que lo sacan de las tinieblas a la luz.

Pues bien. Mientras los Ministros venideros pasan revista a los números que van a recibir, a nosotros los ciudadanos la Navidad debe llamarnos, por encima de lo que hayamos votado, a recordar, todos, que para salir del marasmo debemos revisar las ideas desde las cuales vivimos y el ánimo con que encaramos el drama nuestro de cada día.

Si no, seguiremos esperando milagros que seguiremos impidiendo nosotros mismos.

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