Leonardo Guzmán
Leonardo Guzmán

El pensamiento tiene porvenir

El País llegó a los 100 años, más de la mitad de la edad de la República.

Uno saluda persona a persona a los protagonistas de antaño y de ahora.

Y se estremece ante la continuidad de la pulsión periodística que, de “La Estrella del Sur” a hoy, en busca de ascender de lo particular a lo general, ha inspirado a todas las imprentas que, en plomo y en frío, por ideales contrapuestos y aun por extravíos, compusieron diarios y semanarios, y con ellos forjaron la historia de nuestra libertad.

Soy huésped de El País merced a la generosidad de Washington Beltrán Mullin y Daniel Scheck, quienes con Julio César Jaureguy insistieron en que este batllista formado en El Día escribiese en su diario blanco, lo que hasta 1996 no tenía precedentes. Cuando acepté, ni en el mejor de los sueños pude prever que mi columna de los viernes iba a durar 22 años. Gracias a ellos. Y a la Vida.

Eso sí: ni en la peor pesadilla pude imaginar que los temas partidarios iban a eclipsarse, porque íbamos a tener que combatir la violación de los principios, el atropello a los derechos y la trivialización del Derecho todo, pugnando por avivar el seso de los fanatizados por una ideología, los hipnotizados por la propaganda, los preocupados solo por su chacrita y los perezosos mentales que se desinteresan de nuestro destino común. En todo momento menudean las angustias republicanas y a ellas consagro los espacios que vuelvo a agradecer.

Hoy, sin plaza pública y sin ventilación ciudadana en los círculos cerrados que nos manejan, nuestro modo de vivir se degradó hasta el punto de crear, por respuesta, un auditorio informal pero multitudinario, cuya gente -estatista o privatizadora, socialista o liberal- reclama unánimemente una nueva conciencia que unifique al Uruguay en torno a los valores morales de la ley y la libertad.

Esa batalla nos llama a todos. Una de sus principales herramientas sigue siendo la palabra pensada, meditada, corregida, organizada, escrita. Allí finca el “logos”, el verbo, el discurrir, fuente perpetua de la lógica, el sentido común y el gollete. El poder de esa arma no se cuenta en votos: se mide por la calidad de los sentimientos y razones que siembra. Todos los diarios que hubo en la historia nacional nacieron de una inquietud inicial de pocos.

El País también. Gestado en los tiempos promisorios de la Asamblea Nacional Constituyente, su Nacionalismo Independiente acompañó tendencias casi siempre minoritarias, pero respiró todos los cambios y recogió todas las inquietudes de la vida pública y de la iniciativa privada inmensamente mayoritarias. Hizo costumbre de reflejar las fuerzas y las espontaneidades de la vida nacional, dando acogida cultural a reflexiones del más diverso cuño.

En sus editoriales se predicó antes de 1945 el paralelismo entre la democracia y la paz, tesis que desde la Cancillería se elevó a Doctrina Rodríguez Larreta y anticipó lo que solo décadas después iba a plasmarse en la ONU. Eran tiempos de un Uruguay de avanzada… en serio.

En las páginas de El País -y su hermano vespertino El Plata- se dio cabida a las inquietudes normativas de los siempre recordados Justino Jiménez de Aréchaga y Eduardo J. Couture, a la comprensión humana de Isidro Mas de Ayala, a la filosofía existencial de Carlos Benvenuto y a la filosofía poética de Emilio Oribe -tres nombres injustamente tirados como NN a la fosa común de un Uruguay que se devora la memoria de los muchos que enseñaron a pensar por cuen- ta propia. Y se abrió una Tribuna Libre de la Juventud donde cupieron las firmas estudiantiles de Omar Ibargoyen Paiva, Didier Opertti, Jorge Luis Elizalde y también la mía.

El País y su gente fue cofundador del Movimiento Antitotalitario del Uruguay, que abominó a la vez del nazismo, el fascismo y el comunismo, que hasta hoy se entreveran en dosis diversas para rebautizarse como populismos.

Y todo eso hacía este diario mientras daba cabida a Wimpi y ensayaba en la revista Lunes el humor que habría de consagrar a Los Lobizones de Telecataplum.

En estos 100 años hubo cambios sustanciales en todos los rubros de la actividad. El diario pasó del kiosco a la pantalla. La comunicación a distancia se hizo portentosa mientras la convivencia se nos agrió por fanatismos disfrazados de ideología. En el mundo, la criatura humana está cada vez más sola y, además, perpleja porque se le enseña a manos llenas el materialismo y el relativismo, matando de raíz la libertad creadora. Tanto, que ya hay -el filósofo coreano-alemán Byung-Chul Han- quien denuncia que vivimos en un enjambre.

Pues bien. Cuando el enjambre pierde el orden respetuoso que describió Mäterlinck en su estudio de las abejas, la función del periodismo no es limitarse a inventariar las desgracias o vender distracciones para acentuar el aturdimiento colectivo.

Hijo dilecto de la libertad de pensamiento, el periodismo -igual que el Derecho- es escuela que enseña a elevar hechos, instintos e impulsos primarios a concepto, idea y espíritu, para entrar con luz en la lucha de cada día. La misión del periodismo es sembrar a todos los vientos el hábito de pensar por cuenta propia y ser uno mismo.

En estos 100 años de una casa entrañable, brindo por ella y por todos los que, en cualquier tienda, luchen por rescatar a la persona, hoy acorralada y amenazada.

Que nunca en el Uruguay se vuelva a olvidar su valor supremo.

Que siempre sepamos que el pensamiento tiene porvenir porque es el único porvenir propiamente humano.

Y que no temamos la batalla, porque sigue diciendo verdad el apotegma de Disraeli: “La vida es demasiado corta para además hacerla pequeña”.

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