Leonardo Guzmán
Leonardo Guzmán

Pases y partidos

Los pases de sector y de partido les dan a los protagonistas el brillo efímero de las estrellas fugaces. Con votos o sin ellos, salen en la tele. Y con ideas o sin ellas, se florean en la radio.

Se nos ha instalado un firmamento de noticias-espec-táculo, donde las encuestas sobre nombres e intención de voto pesan más que las convicciones que ostenta cada uno. En ese firmamento, los puntos cardinales se dan por supuestos en la contraposición derecha vs. izquierda —o liberalismo económico vs. socialismo— mientras se borran los límites entre información, promoción y explotación de la sorpresa. Preestablecidos los casilleros, se cambia de filiación sin instalar un pensamiento propio. En todos los lemas, los rompimientos políticos han perdido su rotundidad. Se han hecho livianos de equipaje, a veces acrobáticos pero siempre más light.

¿Es acaso falla de los que, en acto crítico, aplican la máxima de Unamuno "Me contradigo porque estoy vivo", sin darse cuenta de que el deber primero del que cambia es dar una justificación coherente?

No. Es el efecto del actual modo de hacer política por afinidades personales y propuestas inmediatísimas, jugando al achique y deshojando la margarita encuestera. Es decir, hacer política olvidándose de abrir grandes avenidas al pensamiento creador, al porvenir y a los ideales.

¡Y eso, ideales, es lo que necesita la República para enfrentar la ristra de comedias que se le han convertido en dramas y de dramas que nos hunden en tragedias!

Hemos perdido de vista que los momentos estelares de la vida nacional se construyeron por sensibilidades finas que diseñaban esquemas claros con trazos gruesos e indelebles. Sin asesores de imagen y sin sondeos, los candidatos se forjaban y fogueaban en el diálogo con una prensa fuerte, partidos nítidos y una ciudadanía que hablaba en voz alta, sin callarse nada. ¡Qué diferencia con estar esperando la influencia directriz de un mandamás calidad Mujica y además creer que esa dependencia equivale a ser libertario o revolucionario, porque el muy deslenguado consigue hacer biógrafo afuera y aun tiene tinglado acá!

Que tras acumular fracasos, bochornos, negociados y miserias, esa sea la realidad del partido de gobierno que sueña con seguir encaramado en el poder, es una catástrofe para un país donde los partidos tradicionales supieron tener alas capaces de dialogar con los planteos extremos, que, nacidos adentro o traídos de fuera, iban siendo absorbidos en el clima de libertad de la República, adoptando soluciones siempre nuevas con el cerno de la razón y los principios.

El mejor Uruguay que tuvimos fue el fruto de una fe incondicionada en la educación y la cultura, entendidas una y otra como incitaciones a que cada uno, libremente, fuera él mismo y llegase tan lejos como le permitieran sus talentos y virtudes.

Hoy existen masas de izquierda y de derecha que cultivan el determinismo y se abrazan cómodas a la resignación, entregándose sin luchar.

El mejor Uruguay que tuvimos fue el resultado de actitudes recias, de ciudadanos con sentimientos institucionales forjados en la primera y más natural de las instituciones: la persona, capaz de cambiar siempre por fidelidad a su propia coherencia.

Eso nos falta en nuestra actual infraestructura espiritual. ¡Y vaya si se nota!

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