Leonardo Guzmán
Leonardo Guzmán

Paisito o República

Trascendió que ahora Mujica, en régimen de "como te digo una cosa te digo la otra", estaría dispuesto a ser candidato a la Presidencia de lo República, si lo dejan elegir al vicepresidente.

La sola postulación implica un enorme sacrificio para el Uruguay, que no merece volver a encaramar en el poder a un ciudadano de lenguaje y actitud impresentable.

Lo malo de la candidatura no son los 83 años que va a haber cumplido en noviembre de 2019 ni los cuasi 90 con los que llegaría al 1º de marzo de 2025. Lo malo no son los lustros que carga sino la clase de paisito a que nos redujo en el lustro en que gobernó. Lo malo no es la edad de ahora sino lo que hizo.

Y lo que sigue haciendo. En un movimiento que se dice popular y de masas, condiciona su postulación a que sea él quien elija al compañero de fórmula, como si los sectores no existieran, como si las discrepancias no hubiera que dirimirlas en las "bases" y, en vez, a él lo hubieran ungido Luis XIV. ¿Con qué antecedentes como Gran Elector? Saneados, exquisitos, recientes: tiene el mérito de haberle impuesto al Dr. Tabaré Vázquez la fórmula con Raúl Sendic, quien, sin más mérito que haber fundido Ancap, por obra de Mujica ejerció una Vicepresidencia que se le desmoronó por los gastos institucionales en que había incurrido y que se sumaron a la mentira de la licenciatura inexistente. ¡Es, sí, con esos antecedentes que vuelve a reclamar el cargo como si fuera de su patrimonio!

El planteo, por lo demás, ofende no sólo a los votantes-espectadores que todavía le queden al Frente Amplio. Además, agravia a la historia de todos los partidos, donde siempre hubo quienes incurrieron en la tentación del unicato, pero siempre hubo también quienes resistieron a que hubiera acaparadores del poder y se opusieron a que la concentración política terminara por imponer un único gallo en el gallinero.

Con justicia o exageración, con verdades o errores, ese fue uno de los temas que en otra época nutrieron la polémica en torno a figuras como José Batlle y Ordóñez, Luis Alberto de Herrera y Luis Batlle Berres, la que a la salida de la dictadura formó dos polos batllistas en torno a Jorge Batlle y Julio M. Sanguinetti y la que actualmente provoca chisporroteos dinámicos entre Lacalle Pou y Larrañaga. Todo lo cual formó en el país una ley de oro, anterior a la Constitución y más fuerte que sus violaciones: en esta tierra, el pueblo erguido en ciudadanía no acepta ni aguanta que alguien se lleve todo el poder para la casa, por mucho que se disfrace de demagogo.

Por todo eso, esperamos que la indeseada candidatura y el intento de rapiñar otra vez la Vicepresidencia fracase estrepitosamente. Porque este país puede y debe tener dirigentes de todos los signos, pero hace falta que, en todos los partidos, los nombres reflejen lo mejor de los talentos y las virtudes y no lo peor del pasado reciente.

Con filamentos de Mujica, estamos sufriendo gobiernos que no defienden al hombre de la calle, no se indignan por los asaltos, no se estremecen con los ajustes de cuentas y cultivan cinturones de miseria en las periferias y apañan la drogadicción callejera en las esquinas céntricas.

Ignoran que hay en los genes nacionales un vector de grandeza, que, cansado de ser paisito, nos impone volver a vivir como República.

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