Leonardo Guzmán
Leonardo Guzmán

Nuestro Día del Perdón

El martes vivimos la apoteosis técnica de un debate entre aspirantes a la Presidencia. Todo previsto y cronometrado, nada al azar. Quedaron afuera temas enormes, como el agro, la política internacional, el narcotráfico, la decadencia de los procedimientos penales…

También quedó afuera la personalidad de uno y otro candidato.

Se mató la espontaneidad. Los periodistas decoraron más que lo que preguntaron. Los candidatos cruzaron acusaciones, pero impersonalizadas. Tener al adversario ahí y dirigirle reproches en tercera persona, como si no estuviera, deja las caras en pantalla pero las separa con un velo de no-yo y no-usted. Es lo contrario de las lealtades cívicas que construyeron al Uruguay, con adversarios que educaban a propios y ajenos jugando todo su ser en la cruza fecunda de los sentimientos con los principios.

Por cierto, se notó la diferencia entre los rotundos fundamentos con que el Dr. Lacalle reta al poder que soportamos y la fragilidad defensiva del continuista Ing. Martínez, a quien se le recordaron sus lauros en la fundición de Ancap, pero cuyo posgrado capitalino en basura le fue perdonado. Aun así, fue un error aceptar tantos corsés y pasteurizaciones en vez de reflejar las indignaciones institucionales que escuecen el ánimo público.

En rigor, la escenografía pulida y el trámite aséptico fueron espejo del silencio ciudadano cultivado al acumular noticias bochornosas y trágicas transmitidas desde el gobierno en actitud de “bueno ¿y qué?”. Si hasta los diálogos cumbres vuelven a embretarse como el martes, ese daño moral va a crecer aún más.

El propósito de la Constitución siempre fue recoger los frutos del pensar libre. Esa meta se nos ha ido eclipsando al montarse un ideario oficial, menudear colectivos intolerantes y sustituirse el diálogo por el poder de asociaciones no reunidas por el pensamiento, sino por lo que se hace en el trabajo o en la cama. Azuzados los apetitos cortoplacistas, en nombre del interés se perdió de vista al hombre universal y las militancias extremistas se convirtieron en religión.

En todo -y no solo en el mocho debate del martes-, la multiplicación de reglas de procedimiento estrangula la creatividad espontánea, ahogándola en formularios rígidos con opciones inextricables. En teoría, garantizan calidad. En los hechos, centran la atención en los cuadriculados y aíslan al decisor de los dramas que debe tomar a su cargo, ya lo haga como simple viandante o como candidato a lo que fuere.

Está reviviendo en nuestro suelo lo peor de la Edad Media: el individuo encerrado en sí mismo y su corporación, sometido a dogmas oficiales, manejado desde afuera por “el sistema”, abortando su aleteo personal hacia lo mejor y más alto.

Eso empezó a terminar hace cinco siglos, cuando, desde su fe cultivada a puerta entornada, los perseguidos por la Inquisición sembraron la conciencia de libertad.

Pero aquí la intolerancia y la incomprensión nos crecen como maleza, porque no usamos a fondo la libertad para polemizar fuerte y entendernos a fondo.

Por eso, es tiempo de enterarnos de que, como los judíos hace miles de años, estamos viviendo como una tribu desorientada en un desierto del espíritu.

Y es tiempo de recuperar la laica esencia universal de los Mandamientos, dándonos cuenta que al Día del Perdón de este año -2019, 5080- estamos llamados todos.

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