Leonardo Guzmán
Leonardo Guzmán

Mucho más que nombres

La selección por voto secreto del candidato presidencial de cada partido se introdujo por el artículo 77 numeral 12 del texto constitucional reformado en 1996.

Con el cambio, se buscó garantizar la homogeneidad democrática de los lemas, cada uno de los cuales quedó obligado a presentar en octubre solo la postulación de quien dentro de sus filas hubiera resultado triunfador en junio.

Las elecciones internas y el balotaje —art. 151— suprimieron de un plumazo el doble voto simultáneo, una singularidad nacional que en sus 70 años de vigencia se ganó múltiples críticas, pero que no estuvo exenta de virtudes.

Lo que se hizo en 1996 fue, en realidad, un cambio del aparato legal que ya venía aplicándose como una ortopedia para que los partidos políticos caminasen mejor. Se redactó eso con la esperanza de ensanchar las bases de la representatividad, pero hoy —cuando el experimento ya se acerca al cuarto de siglo— el sistema no da para que la ciudadanía se felicite. La opinión pública no amplió su influencia, los partidos políticos no aumentaron su cohesión y —lo que es más grave— el clima nacional está mucho más paralizado por la perplejidad que inspirado por luchas de ideas que sean fuerza o por el enfrentamiento de personalidades reciamente convencidas y sólidamente empotradas en el sentimiento colectivo.

Que el partido de gobierno sume múltiples autocandidatos sin más mérito popular que haber ocupado funciones visibles y que, por si fuera poco, tenga que esperar el regreso al país del único Vicepresidente de la República expelido con condena del Comité de ética de su lema, y eso para intentar convencerlo de que —¡por favor!— no sea candidato a nada, ¡vaya si indica una crisis!

Que al partido opositor que más votos acumuló en las tres últimas elecciones, que al Partido que es Nacional por nombre y por trayectoria le aparezca un precandidato que es ignoto acá pero es internacional por residencia y por suegro escrachado en la crónica policial de Mónaco, configura un contrasentido impropio de este pueblo, que es enemigo de juntar plutocracia con poder político.

Que al partido opositor que lucha por subir en las encuestas lo revitalice la energía y el talento de quien en su primera Presidencia nos reconstruyó la paz y la libertad y en la segunda entregó un país en orden y ascenso, indica a las claras que hubo falencia en quienes condujeron al lema y lo dejaron débil en votos y sin recambio.

El cuadro global evidencia que no es cosa entonces de seguir sumando nombres sin esperanzas en los aludidos lemas mayores. Tampoco es cosa de armar kioscos minoristas, para fragmentar las expectativas más aún que lo mucho que ya lo están.

El panorama nacional grita otra cosa. Lo que hace falta es recordar que la Constitución no dispone solo que votemos cada cinco años. Además y sobre todo, manda que vivamos bajo reglas que garanticen efectivamente nuestros derechos y nuestros deberes.

Y eso no se hace venteando postulaciones a la marchanta, sino afirmando principios, proponiendo esfuerzos y rompiendo las barreras que nos impiden sacudir la modorra hipnotizada que nos engrasa con el delito, la miseria callejera y el ostracismo del espíritu en toda la gestión de lo que es sacramente de todos.

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