Leonardo Guzmán
Leonardo Guzmán

De nombres y principios

No nos extrañemos: a diez meses de las elecciones internas, es normal que repiqueteen los nombres de los precandidatos.

Unos vienen de las entrañas del quehacer político. Otros acuñaron fama de técnicos, la proyectaron desde un cargo de gobierno y ahora procuran su transfusión a la carrera presidencial.

No faltan los que desde el llano se autoproclaman. Uno armó rancho aparte, apalabrando pases. Otro, en cambio, se postula en un Partido con 182 años de historia pero sin usar sus emblemas y tomando distancia de los correligionarios.

Tampoco falta el renunciante que se despide, cierra la puerta y a los pocos días hace correr que el adiós no fue definitivo, de manera que todo quede en estado de quién sabe.

Es normal que las aspiraciones surjan y las figuras pujen, pero no es plausible que, con el país cundido por apremios morales —seguridad, educación— y arrinconado por déficits materiales, con el Estado puesto contra las cuerdas por los sindicatos, se proyecten nombres y grupos y se bosquejen plataformas electorales, pero se guarde silencio sobre la postración que aqueja a nuestra institucionalidad.

Con el lenguaje de moda —de apariencia neutro y sin compromiso— de vez en cuando se marcan en "el sistema político", "singularidades" o "debilidades", pero lo que hoy sufre el cuerpo social es mucho más que eso. En verdad, es una enfermedad generalizada, que no afecta al "sistema político" como elenco, sino a la vigencia y la vitalidad del Derecho como régimen de vida libre y confraternal.

La pertenencia a subgrupos, la aceptación de lo antisocial y el relativismo han llegado hasta el extremo de que un alcalde de Las Piedras proclama que el ladrón vive sus robos como "su trabajo". Es que se nos han instalado nuevas formas de ignorancia y fanatismo, que no solo nos han dividido, cavando zanjas absurdas e impidiendo todo diálogo. Además, vienen enfermando las ideas y hasta los sentimientos desde los cuales vivimos. ¿O acaso nos criamos para caminar indiferentes entre desarrapados que duermen a la intemperie? ¿O acaso nuestro papel de ciudadanos queda cumplido con inventariar diariamente rapiñas y crímenes y oír a gobernantes que, en vez de dar el ejem- plo yéndose, se quedan orondos a entregar números de encuestas?

Si queremos sacar al país del marasmo, desde ya la campaña electoral debe convertirse en escuela de sensibilidad pública que rescate el valor de la persona y en universidad de doctrina para todos, que nos devuelva la historia espiritual de nuestra libertad.

No basta blandir nombres para identificar banderas y a su amparo pedir el voto. Hace falta reeducarnos colectivamente en el arte creativo de pensar. Y decirlo en voz alta.

Para no seguir sumando vomitivos: ruina de un monopolio como Ancap, Vicepresidente que se va abochornado, relaciones carnales con un gobierno K de ladrones y un ré-gimen venezolano despreciable, humillación mundial de la AUF…

Hoy tenemos en jaque la estructura del Estado y la sociedad. Solo si levantamos el clima público impediremos que siga rebajándose lo nacional a "local", degradándose a las señoras y los señores a "vecinos", jibarizándose el otrora orgulloso Uruguay a "paisito" y licuando las bases cívicas y los ideales de la República.

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