Leonardo Guzmán
Leonardo Guzmán

La Navidad de 2015

El domingo se cumplió un mes del atentado de París, donde 130 inocentes murieron por causa del fanatismo con pretexto religioso que azota a la humanidad con asesinatos en masa y decapitaciones filmadas.

El domingo se cumplió un mes del atentado de París, donde 130 inocentes murieron por causa del fanatismo con pretexto religioso que azota a la humanidad con asesinatos en masa y decapitaciones filmadas.

La guerra terrorista contra civiles indefensos siempre escapó al concepto de casus belli. Es guerra sin valentía, sin heroísmo, sin altivez y sin rostro. La mueven mentes que invierten el Mandamiento secular: se inmolan porque odian al prójimo tanto como a sí mismos.

Eso es patético y depende de otros. Pero también es patético, y depende de nosotros, que acallemos diariamente nuestra conciencia del mal, enmudeciéndola y abortándola.

Si en apenas un mes se dejó de hablar de la masacre del Bataclán parisiense es porque esto que llamamos civilización viene combinando el lenguaje ligero de los tuits con un repugnante acostumbramiento al disparate y una cadavérica rigidez de los sentimientos. Muertes que serían totalmente evitables desde el Derecho y que son insoportables a la moral, crímenes que solo merecen la condena universal, son aceptados sin chistar, envasados con la apariencia pasteurizada de las meras estadísticas.

La Navidad de 2015 nos adviene con la humanidad en ese estado. Y por añadidura, con la vida pública nacional erizada de mortificaciones que no hace falta enumerar pues nos jaquean a cada rato y se sintetizan en una sola palabra: decadencia.

Decadencia, sí, que nos impone tomarnos la vida en serio, pensar sin miedo y cimentar nuestros valores con la mirada nueva de un auténtico renacer. Zaherido el Poder Judicial, defraudados los gremios por los mismos gobernantes que ayudaron a encaramar, aplastado el país por el déficit de Ancap y endeudándose Montevideo al cabo de un cuarto de siglo de fracasos en cascada, caída la educación y con la salud a las vueltas, solo nos queda en pie una institución a la cual recurrir: nuestra conciencia, nuestra persona.

Con este cuadro -cualquiera sea el partido con que identifiquemos los ideales y amores que nos vibran por dentro-, los hechos nos imponen la máxima de Artigas: “Nada debemos esperar si no es de nosotros mismos”. Cruzando intuición poética con resonancias bíblicas, en ese apotegma late la fe hasta en valles de sombra proclamada por los Salmos y el perenne Levántate y anda de Jesús.

Tanto la afirmación artiguista como el mandato de los dos Testamentos fueron afirmaciones radicales de la libertad y la responsabilidad humana frente al determinismo. Apuntaron a nuestra capacidad para armar camino y forjar destino propio, a pesar de todo.

De los costados de esa verdadera doctrina sobre el hombre y su intrínseca libertad surgieron épocas y corrientes. En nuestro país, hubo polémicas duras que rodearon la separación batllista de la Iglesia y el Estado. Un siglo después queda fuera de todo contexto rememorar esas asperezas: pese a sus retrocesos, el Uruguay sigue siendo ejemplo mundial de convivencia interreligiosa. Muchos laicos no son ateos; y hasta en la proliferación de sectas y cultos, late una sed de religiosidad que supera los límites de la institucionalidad romana, que es fuente de angustia hasta para los propios Papas.

Por lo cual, estamos llamados todos a reverenciar el testimonio de esperanza del eterno Nacimiento y defender juntos la libertad frente a los nuevos oscurantismos deterministas. Con fe religiosa o con fe filosófica, hagámoslo, porque es hora de iluminar coincidencias en vez de cavar zanjas.

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