Leonardo Guzmán
Leonardo Guzmán

Navidad de Nos-todos

Cómo? ¿Un batllista que aun en la actual diáspora sigue siendo batllista, titulando con la palabra Navidad? ¿Olvidó el positivismo y el ateísmo que campeaba entre sus correligionarios? ¿Se le borraron los almanaques que marcaban el feriado del 25 de diciembre como Día de la Familia?

Vayamos por partes. Batlle y Ordóñez y Domingo Arena no eran positivistas ni ateos. Lo probó el enorme pensador que fue Arturo Ardao. Antes, lo certificó el propio Batlle en poemas como "Mi Religión" y "Cómo se adora a Dios". Y lo muestra el anecdotario fresco que recoge Arena en "Batlle y los problemas sociales". El Batllismo de un siglo atrás era crudamente anticlerical y antipapista, pero no era "omnímodo y ateo" como lo calificaba la Historia de HD. Sin ritos, era espiritualista, liberal en ideas más que en economía. Y sobre todo, probadamente republicano.

Es un hecho histórico que para adaptar las festividades a la separación del Estado y la Iglesia Católica, el Uruguay votó en octubre de 1919 una ley —número 6977— por la cual en los feriados del calendario gregoriano se sustituyeron los nombres religiosos por otros, laicos y terrenales. Fue así como el Uruguay oficializó el Día de los Niños, el Día de las Playas y el Día de la Familia. Pero he aquí que un siglo después de ese intento de pasteurizar el origen místico de las festividades, no ha desaparecido de las casas el árbol de Navidad y hasta se alza, modesto pero firme, en la mayoría de las muy laicas oficinas públicas. Los votos y augurios de creyentes y no creyentes no se centran únicamente en "la Familia" sino en todos los sueños, propósitos y reglas que recibimos de la tradición greco-judeo-cristiana. Y si pocos acuden hoy a las iglesias cerradas y enrejadas, no son pocos los que se conmueven en templos de las más diversas denominaciones, donde pueden elevarse acompañando a honorables y convencidos predicadores o pueden someterse a lavados de cerebro perpetrados por vendedores de promesas que explotan la credulidad pública en términos que hasta transgreden el Código Penal.

La realidad es que la expresión Día de la Familia no tiene vida. Cayó en desuso. En cambio, la Navidad pervive, no por imposición de nadie, sino por la calidez confesional y no confesional de su mensaje. Es que no hace falta prosternarse ante un sagrario para reconocer todo el valor del Nacimiento y el renacimiento, del surgimiento y el Risorgimento y del "Levántate y anda", que convoca una suprema virtud que antes se llamaba fuerza de voluntad y ahora se denomina resiliencia, pero que sigue siendo el mismo imperativo categórico de, a pesar de todo, alzar la luz del pensamiento y el propósito.

Esta Navidad que ya adviene debería convocar y abrazar a las fuerzas espirituales de todos los credos y todas las laderas. Por una razón: nunca desde que se constituyó en República, tuvo nuestro país más necesidad de reconstruir la hermandad, acabando con las zanjas fanáticas entre "ellos" y "nosotros". Nunca precisamos tanto unirnos en un nos-todos capaz de luchar por los sentimientos, los valores y los principios mínimos, cuya perdición un día cuesta asaltos, otro día crímenes y todos los días miseria moral y material a la vista.

Y es en respuesta a ese cuadro que deberemos vivir la felicidad de luchar por el espíritu navideño, familiar y personal, cuyo extravío nos tiene viviendo en ascuas.

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