Leonardo Guzmán
Leonardo Guzmán

Mirando al frente

Con las elecciones a menos de tres meses, el continuismo acentúa sus pujos por dividir al país en izquierda y derecha, injertando en el Uruguay una dicotomía que jamás fue nuestra.

Tras haber desvanecido los límites entre el Estado y el partido gobernante, tras haber desvaído la frontera entre la ideología y el gremialismo corporativo, tras haber cruzado un connotado dirigente sindical la divisoria entre el poder y la insolencia y la valla entre la insolencia y el delito, se pretende revivir la opción maniquea: unos serían el interés egoísta del capital y otros encarnarían la generosidad socialista.

Ese planteo es simplemente falaz: fueron gobernantes surgidos de filas tradicionales los autores de la legislación social y los gestores de las empresas del Estado, que nacieron custodiadas con esmero, sin tropezar en los balances ni desfilar por sedes penales. Pero además de falaz -léase mentiroso- ese planteo amenaza a la libertad, que se funda en el respeto al adversario,

Con las elecciones a menos de tres meses, el continuismo acentúa sus pujos por dividir al país en izquierda y derecha, injertando en el Uruguay una dicotomía que jamás fue nuestra.

Tras haber desvanecido los límites entre el Estado y el partido gobernante, tras haber desvaído la frontera entre la ideología y el gremialismo corporativo, tras haber cruzado un connotado dirigente sindical la divisoria entre el poder y la insolencia y la valla entre la insolencia y el delito, se pretende revivir la opción maniquea: unos serían el interés egoísta del capital y otros encarnarían la generosidad socialista.

Ese planteo es simplemente falaz: fueron gobernantes surgidos de filas tradicionales los autores de la legislación social y los gestores de las empresas del Estado, que nacieron custodiadas con esmero, sin tropezar en los balances ni desfilar por sedes penales. Pero además de falaz -léase mentiroso- ese planteo amenaza a la libertad, que se funda en el respeto al adversario, el procesamiento educado de las divergencias y la conciencia de que votamos para instaurar el gobierno de la República toda y no para encaramar un bando.

Ninguna división política o ideológica merece hacernos perder de vista que la votación no es una disputa de sectores que luchan por el poder como si fuera un botín de guerra, sino un modo civilizado de elegir el elenco que ha de gobernar al servicio de los valores humanos que consagra la Constitución.

El Uruguay hizo dura experiencia con la confrontación, la violencia, la sangre en las calles y la dictadura. Las nuevas generaciones reciben hoy el beneficio de una organización fundada en las garantías institucionales, que aseguran las citas en las urnas de un pueblo que se acostumbró a votar desde los albores de su independencia.

Es tiempo de recordar, entonces, que los comicios son un lugar de encuentro confraternal, que no deben servir para entronizar a unos contra otros sino para encarar la nueva síntesis que nos está haciendo falta en seguridad, educación, salud y sobre todo en ideas desde las cuales vivir.
En el pasado, los denostados partidos históricos construyeron la armonía de laicos y católicos y combinaron justicia social con libertad. Hoy hay muchos temas y problemas nuevos; y estamos todos llamados a construir, juntos, una metodología que permita a cada gobernante, a cada gremio y a cada ciudadano, escuchar al adversario con los oídos abiertos para recibir sus razones, y no con el puño crispado y la descalificación con palabrotas a flor de labios.

Más allá de corporativismos, pertenencias e ideologías, debemos restaurar el hábito de discurrir, exponiendo con tanta serenidad como firmeza razones y sentimientos y escuchando los ajenos con el alma abierta a una dialéctica que se confunda con nuestro propio ser. Los grandes consensos no deben buscarse en encuestas que nadie controla. Deben procurarse en diálogos francos: es decir, con la política sin tapujos y sin trastiendas: molida a la vista. Es hora de que la dialéctica se recupere como hábito de discurrir con voz fuerte, en vez de ahogarse en el légamo de "como te digo una cosa te digo la otra" y enseguida atragantarse con Aratirí.

Laico pero espiritual, el Uruguay ya está listo para que la ciudadanía -recuperando la plaza pública, la discusión familiar, el examen íntimo- restablezca el encuentro fecundo de todos en la religión cívica de la libertad.

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