Leonardo Guzmán
Leonardo Guzmán

¡2 millones 700 mil!

Búsqueda informó ayer que ha empezado a estudiarse la reforma jubilatoria sobre la base de que al terminar este siglo XXI “la población del Uruguay se reduciría a unos 2,7 millones de habitantes”.

Apenas uno leyó eso, le asaltó el recuerdo de cómo en el ambular ciudadano bajo la dictadura, nos conmovía enterarnos de que no llegábamos a 3:000.000. Y efectivamente, repasando la página web del hoy Instituto Nacional de Estadística se nos confirma que entre 1963 y 1975 habíamos pasado de 2:585.510 a 2:788.429, aumentando en 12 años doscientas mil personas, exactamente 202.919. Si ese ritmo de crecimiento nos parecía exiguo y ¡si es que algo público todavía nos estremece!, ¿qué podremos sentir ante una proyección demográfica que predice que en los próximos ochenta años hemos de bajar de los flacos 3.286.314 del último Censo realizado en 2011, a las mismas cifras poblacionales que teníamos cincuenta años atrás? ¿Qué es esto sino un nuevo Barranca Abajo?

Las cifras nos pronostican que en las próximas ocho décadas en el Uruguay habrá mucho más de medio millón de personas menos: con precisión 586.314. ¡Y eso es un escándalo! Sí: un escándalo que debe imponer a todos una revisión muy anterior a los análisis socio-económicos, a las definiciones doctrinarias y a los fanatismos ideológicos. En eso, hermano, estamos todos hermanados. Sin redundancia, porque los números nos confirman que estamos ante una reversión de la ley natural. “Creced y multiplicaos” es el mandato del Génesis.

“La primera ley Creador, crear” proclama Rubén Darío en el prólogo de Prosas Profanas. Y no solo eso: hemos traicionado el apotegma que en 1853 estableció Juan B. Alberdi en sus Bases: “En América, gobernar es poblar”.

El mundo tiene el problema de qué hacer con la explosión demográfica, mientras nosotros como nación ya estamos enfrentando que venimos en caída. ¿Un grave problema para quienes sirven al mercado interno? Sin duda que sí. Pero sería una irreverencia medir esta noticia como un dato a encarar solo en términos económicos, porque vivir o no vivir, dar vida o no, crecer y multiplicarse o no, no son datos de la ciencia sino alternativas e impulsos muy anteriores a los análisis racionales, que tienen que ver con la existencia como don o como gracia.

Mirémoslo de frente. A esto llegamos después de que a punta de luchas cívicas hicimos del Uruguay un laboratorio que ensayó todos los partidos. Pero hace décadas que unos y otros han buscado denodadamente capitales foráneos para arreglarnos las cuentas y no han fomentado la llegada de inmigrantes que arraiguen familias educadas y luchadoras que vengan a sembrar cultura, iniciativa y savia nueva.

Y hace décadas que agrisamos la vida nacional: perdimos el entusiasmo, la alegría de vivir, el vigor de la apuesta a la esperanza. Y la esperanza es virtud que nos viene enseñada por la semilla, y nos llega ínsita en la naturaleza desde muchos siglos antes de que la biología le hiciera la autopsia y la genética la modificase.

Algo hemos de haber hecho muy mal para llegar a ser un país que estudia el futuro jubilatorio a partir de amargas proyecciones de achique, mientras facilita el aborto y discute una ley para que los médicos asistan suicidios voluntarios.

Celebrar o negar la vida es una cuestión de espíritu. Y, de veras, hay cuestiones espirituales que se nos tornan de orden público.

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