Leonardo Guzmán
Leonardo Guzmán

Marihuana y macaneo

El Director Nacional de Policía Mario Layera contó públicamente: “Mi hija a los 12 años me preguntó si debía consumir o no, y yo, oficial antidrogas, fue ahí donde reconsideré todas mis convicciones”. 

Y dijo que le respondió: “Es dificilísimo que yo te diga que es bueno. Todo lo que leí es que hace mal… Esperá un tiempo, estudiá mejor la situación, no hay apuro”.

Nos merece respeto la actitud de quien convierte los temas de su trabajo en interrogante íntima y familiar, buscando respuestas que le unifiquen su conciencia como persona. Nos merece respeto especialmente ahora, al cabo de décadas en que, con cinismo de “te digo una cosa y te digo la otra”, se buscó voltear toda coherencia y se enseñó a repartir el alma en lotes acaso funcionales, pero sin eje ni principios.

Si los jefes del Inspector General Layera vibraran con esas inquietudes introspectivas, no se habrían empecinado en sus fracasos y no habría cundido la inseguridad. Y los policías muertos en servicio habrían sido despedidos por el Ministro del Interior y hasta por el Presidente de la República, honrando a sus mártires en nombre de los más altos sentimientos nacionales.

Establecido el mérito de unir la meditación valorativa del hombre y el funcionario, nos detenemos en el contenido de las declaraciones. El señor Layera defiende la reglamentación de las drogas según su peligrosidad; y proclama: “El cannabis ni siquiera genera violencia, no tiene riesgo y no ha ocurrido todo lo que se decía que podía pasar si se legalizaba. Aún combatimos el narcotráfico, claro, pero porque no alcanza la industria”. Esas palabras reflejan un sentir que no es solo del distinguido policía que las profirió. Interpretan la actitud de muchos, cuya respuesta es la perplejidad en estado de ¿quién sabe?

No es extraño. La liberación de la marihuana no medicinal se nos instaló como tema público con calidad Mujica-Soros, cuando el liberalismo de espíritu había perdido reciedumbre, los debates se nos habían vaciado y los valores se nos degradaban hacia un relativismo paralizante, por pereza mental de entrecasa y por copiar -“corte y pegue”- filosofías abstrusas importadas por un colonialismo mental que anestesia la capacidad de juzgar en los muchos que usan el mutismo como regla de vida.

En el asunto de la marihuana, los métodos para convivir con los adictos y combatir la adicción se discuten en el mundo entero.

Pero más allá de esos debates y del respeto a las personas y sus opciones -entre ellas, la muy noble de salir del vicio y dar ejemplo-, nadie serio puede dudar que consumir marihuana daña. Por sus efectos. Porque da entrada a drogas peores que destrozan vidas y familias. Y porque, como todas las adicciones, limita el autodominio de la persona, cuya libertad interior es de orden público espiritual y es base de nuestra Constitución.

Eso no lo debe ignorar ni callar ningún humano bien plantado. Y menos un policía, que no debe titubear en recomendar a hijos y extraños un radical “No a toda droga”.

Errores del pensamiento como los que acabamos de evidenciar son la causa principal del drama que vive el país con las drogadicciones.

Dijimos drama. Enfrentémoslo como tal. Si no, lo viviremos cada vez más como tragedia.

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