Leonardo Guzmán
Leonardo Guzmán

De Maradona en nosotros

La muerte de Diego Armando Maradona nos devolvió por unas horas las maravillas que hizo en el fútbol. Con ellas, nos regresó aquel chiquilín grande, genio creativo que en la cancha se entregaba entero y proclamaba en público los palos verdes que empezaba a ganar.

Era un símbolo. Haber volado a punta de fútbol desde Villa Fiorito al jet-set mundial era encarnar en vivo y en directo el sueño del pibe. Fue ídolo. Y cuando empezó a autodestruirse a la vista de todos, ningún padre sensato podía quererlo como modelo para sus hijos, pero nadie pudo negar que siguió siendo ídolo.

Tanto, que por Maradona la Argentina tiene tres días de duelo nacional, el velatorio se cumplió en la Casa Rosada y hubo que permitir una aglomeración a contramano de las reglas mundiales anti-Covid19. Como siempre, todo por fuera de las reglas, las proporciones y el orden institucional. Así vivió y murió Maradona. Y en consonancia, en su velatorio hubo refriegas y heridos y la hora del entierro fue un forcejeo entre el gobierno Fernández-Fernández y la dislocada familia del pobre muerto.

Sus últimas tres décadas fueron un atropello continuo al sentido común. Sus noticias movían pendularmente a la indignación y a la piedad. Salvo los chispazos de inteligencia directa que conservó mientras pudo, de Maradona entristecía todo: sus conflictos familiares y policiales; su drogadicción y su alcoholismo, con entorno de proxenetas; su vínculo con Fidel Castro, Chaves y Maduro; su pretendida proyección en forma de “iglesia maradoniana”. Todo era un exceso, hasta la manera de entrar y salir en sus esporádicas tentativas como Director Técnico. Nada en él parecía tener límites. Pero chocó con una barrera infranqueable: él mismo, que no era infinito sino humano. Trizado por dentro, con las alas rotas, al final de transpirar su carretera de excesos, esa barrera lo selló con una imagen patética y en pocas semanas le cobró todos los peajes juntos.

Maradona fue la antípoda del alto destino que parecían abrirle sus milagros con la pelota. Rodeado por mucho más intereses que afecto, enrulado entre una caterva de rufianes, perdió todo señorío sobre su destino y terminó matando su vida privada y haciendo vida pública con su propio espectro, explotado por el marketing de la prensa cholula.

Desde la tragedia griega, siempre supimos de glorias que terminaron muy mal, pero -¡cómo no sentir la diferencia!- aquellas eran distantes y ajenas y, en cambio, esta la hemos convivido en tiempo real. Si su ascenso en fútbol fue un magisterio y un símbolo, también lo fue su caída.

Nos muestra que son falsas las teorías que miden el ascenso social por acumular dinero y codearse con famosos, dejando de lado el cultivo de la persona, su cultura y su capacidad de regirse. Aun cuando en el oficio de crack mundial se cobre muy bien, sin corazón ni cabeza solo se esperan grandes costalazos.

Nos confirma que la drogadicción envenena y destruye, también entre los que pueden conseguir merca de alta refinación.

Nos indica a qué lleva el desamor y la destrucción de las familias…

Y puesto que su biografía nos enseña todo eso y mucho más, al despedirlo sintamos cuánto debemos sembrar entre nosotros, para rescatar, por siembra civil y no por un plan gubernativo, a los miles y miles de víctimas que hoy destroza la incultura, la droga, la pérdida de códigos y el desamor, en este vecindario que muchas veces se estremeció con goles de Maradona.

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