Leonardo Guzmán
Leonardo Guzmán

Malestares… del Derecho

Los problemas de la República se sienten concretos, acuciantes, dramáticos. Y demasiadas veces, irreparablemente trágicos.

Caminamos entre bultos de cartones y jirones, donde a veces se ven y a veces se adivinan cuerpos vestidos de andrajos, que en silencio gritan su miseria.

Mientras suben las tasas de desocupación, nos llenan de interrogantes las desventuras de la economía y la vida política de los dos gigantes que tenemos por vecinos.

Nos sacude duro la inseguridad, que no es una abstracción sino una realidad que nos golpea cada vez más cerca.

Nos deja atónitos todo lo que va a gastar el erario para que UPM resuelva a capricho si va a venir o no con su zarandeada segunda planta de celulosa, por causa de un contrato empresista y entreguista cuyos términos no habrían firmado nunca Sanguinetti, Lacalle ni Batlle, pero que suscribió solícito el gobierno que se hace lenguas de ser de izquierda.

Soportamos una histórica caída de la educación que no solo se refleja en las pruebas PISA y los informes internacionales, sino en el retroceso en la cultura general.

Vemos cómo las pujas sectoriales ocupan el escenario, mientras la convivencia se enrarece al combinar la pertenencia a grupos de intereses con la falta de frenos y la caída de los valores.

Tras haber experimentado con todos los extremismos, hemos comprobado que nadie puede armar un pensamiento público profundo y coherente si solo sabe encargar eslóganes vistosos. Y hemos aprendido que no hay ningún progreso en llamarles "problemas sociales" a las deficiencias humanas que nos obligan a chapotear a diario entre lo inhumano.

Mucho más allá de las fronteras entre los partidos, todo eso reclama soluciones efectivas, inmediatas, tangibles. Lo cual es cierto, pero no debe llevarnos a olvidar que contra todos los males de la vida nacional la mayor y más perfecta herramienta que disponemos es la Constitución, por lo cual los malestares que sufre hoy el Derecho no pueden ser solo la preocupación de los abogados, escribanos y contadores que lo aplican profesionalmente. Esos malestares y el Derecho todo deben desvelar a la ciudadanía en conjunto y a cada persona en particular.

Hemos bajado el nivel de la conciencia jurídica. La creencia vulgar de que siempre hay dos bibliotecas y la superstición de que todo es relativo han hecho declinar el imperio de la legalidad, no solo en las situaciones trágicas que refleja la crónica policial sino en la apreciación media de los protagonistas de la vida civil.

Denuncias encajonadas a la espera de que unas Fiscalías numerosas pero desbordadas quieran o puedan hincarles el diente, procedimientos copiados de modelos ajenos a nuestras tradiciones, sustitución de las actas civiles por grabaciones que nunca podrán oír enteras los Tribunales de Apelaciones y avances de lo mecánico de la tecnología por sobre lo viviente de la conciencia… se han convertido en amenazas potenciales o en daños ya actuales.

Si a eso agregamos que desde la Presidencia de la República se sostuvo que lo político mandaba por encima de lo jurídico —tesis de Mujica que abraza Trump—, resulta clarísimo que si queremos enfrentar la ristra de problemas que sufrimos deberemos empezar por devolverle al Derecho sus bases morales y su fuerza inspiradora.

Para que sirva como instrumento de cambio y para que nuestro pueblo vuelva a ser el modelo que supo ser.

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