Leonardo Guzmán
Leonardo Guzmán

De lógica y sentimientos

El tema no es sólo del Uruguay, pero lo nuestro nos duele a nosotros: exponencialmente aumentó la información que se recibe, pero decayó el rigor del pensamiento y el vigor de los sentimientos.

El tema no es sólo del Uruguay, pero lo nuestro nos duele a nosotros: exponencialmente aumentó la información que se recibe, pero decayó el rigor del pensamiento y el vigor de los sentimientos.

La noticia se convirtió en espectáculo de luz y sonido, que desfila por las pantallas, las radios y los diarios. Resbala sobre el tegumento del oyente. Rara vez penetra. Menos aun estremece. No es que no alegre lo bueno y no entristezca lo malo; pero dura poco, no se expresa y no se comunica. Se traga.

Entrecasa, nos hemos ido acostumbrando a las rapiñas con homicidio, a las guarangadas desde las alturas, a la indagación constante de negocios non sanctos, a los Ministros que no renuncian. Las peores transgresiones se nos disuelven en la cinta sinfín de la industria del "entertainment". Y por esa vía, perdemos la conciencia de vivir entre dramas y tragedias. Los hechos se nos muestran como una película, convirtiéndonos en espectadores de un mundo objetivo, externo e incontrolable, en vez de golpearnos como dueños responsables de cada jornada.

Con las noticias del vecindario, lo mismo. Eso sí: agrandado a pantógrafo en función de las dimensiones. El de enfrente cae en cesación de pagos y reincide en el festejo de su irresponsabilidad, y a nadie se le ocurre recordar que fue el coraje de Jorge Batlle, Bensión, Atchugarry y Alfie el que impidió que aquí se aplicara la misma receta deletérea que vuelve a cultivar la Argentina. Nos enteramos pero no procesamos los hechos. Nos salpican las noticias, pero no las elevamos a conceptos.

En el mismo país mercosureño, el Vicepresidente vuelve al Senado, tras haber vivido meses gambeteándole a la Justicia y a la yuta, condecorado por un proceso penal. Se hacen chistes, sin pensar que es una calamidad bochornosa.

Con el desangrarse de Cercano Oriente, Asia y África, otro tanto. Así como un día los extremistas armados se hicieron llamar "radicales" o "radicalizados", en Irán los fanáticos rebautizaron a su intolerancia asesina como "fundamentalismo", instalando Ayatolás con un pie en la religión y otro en el Estado totalitario que construyeron. Y en el tercio de siglo corrido desde entonces, el horror de las primeras noticias cedió a la habituación. Con lo cual nadie se ocupa de que los cristianos deban huir despavoridos de Irak, y al atravesar las fronteras los despojen de todo y los larguen con lo puesto: a Europa le importa un bledo el destino de una de sus raíces culturales. Con desgracias más cercanas -como la muerte en el Mediterráneo de los migrantes norafricanos- se entrenó a fondo en el disfrute de la noticia a distancia, manejada por telecomando pero sin respuesta de conciencia: lo que quiere decir sin responsabilidad.

En medio, dos buenas noticias: la aparición del nieto de la señora Estela de Carlotto y la tregua entre Israel y Palestina. La primera, victoria del espíritu de una dama que ante lo irreparable adoptó la mejor actitud posible. La segunda, respiro para la sensatez.

Ahora bien.
Si le pusiéramos cabeza al flujo sin pausa de las noticias -que ya no recibimos en teletipo: las miramos al instante-, de la ristra de dolores y los escampes de alegría extraeríamos ideas a partir de las cuales vivir -cultura- y veríamos con claridad cuán necesario y lógico es el pacto de libertad y cuánta sed de sentimientos que consume al hombre de hoy.

Duele por el mundo. Pero duele por nosotros mismos.

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