Leonardo Guzmán
Leonardo Guzmán

Laureles para no dormirse

En Clarín del domingo, leo una columna central sobre política argentina. Lo medular se abre así:

“Da gusto vivir un proceso electoral intenso y apasionado. Con candidaturas fuertes y con resultado incierto pero con la tranquilidad de saber que, gane quien gane en octubre, se respetarán los contratos y los acuerdos, se mantendrán los grandes lineamientos de políticas públicas y, por sobre todo, se fortalecerá el sistema democrático y el orden republicano. Y así será, independientemente de que el resultado consagre presidente a Martínez, a Lacalle Pou o a Talvi. Allá en Uruguay, claro. Acá no. Acá en octubre nos jugamos la vida. A todo o nada. ¿República occidental o delirio bolivariano? ¿Déficit cero o Fútbol para Todos? ¿Chambones bailando bajo globos amarillos o cadenas nacionales con el dedito en alto?”

El autor es Alejandro Borensztein, que en prensa continúa la tradición televisiva de su padre, Tato Bores, que haciendo reír denunciaba disparates, fustigaba dictaduras y a carcajadas enseñaba valores y evidencias. Con otros nombres ese texto pudo haberlo dicho el progenitor en los años 50 o 60, cuando el continente, erizado de liberticidios, nos admiraba el colegiado, los plebiscitos y la convivencia.

Por cierto, el párrafo todavía se justifica en el 2019, pues el Uruguay sigue teniendo su vida pública más estable y mejor estructurada que los zarandeados vecinos. Da para no sentirse peor, pero no da para consolarnos. Y sobre todo: no da para dormirnos en los laureles cada vez más mustios.

Por largas décadas, vivimos convencidos de que los descalabros de ideas y de las instituciones eran para otros, pero aquí no iban a entrar nunca. Esa confianza era cruza de miopía, pereza mental y pecado de soberbia. Carísimo la pagamos. Nos costó muertos, presos, desterrados, truncados. Y cuando volvimos a la libertad en 1985, hubo quienes se dedicaron a explotar los resentimientos por el pasado y llegaron a gobernar con la obsesión por un retrospecto de hace 40 años, mientras dejaban instalarse el crimen organizado que está costando una retahíla de víctimas inocentes -el policía baleado en la madrugada del martes- sin Ministros que se estremezcan, se muevan o renuncien.

No podemos engañarnos: la República existe pero las prácticas internas se nos han degradado. También a nosotros llegó la tentación de fundar partidos nuevos sin motivación precisa y con contornos difusos. El privilegio de contar con partidos nacidos en 1836 que supieron consolidar la institucionalidad a partir de 1904 no nos ahorró disgustos y paradojas cuando cada lema presentaba varios candidatos ni los ahorra ahora, que hemos colocado a todos los partidos el aparato ortopédico constitucional de la elección interna de un candidato único. Máxime si a ese candidato se le adjudica la facultad de nombrar personalmente al Vicepresidente, habilitando aciertos tan plausibles como la postulación de Beatriz Argimón y Robert Silva y erratas tan injustificables como Graciela Villar para asumir funciones de las que fue expulsado su correligionario Raúl Sendic.

Recibamos el elogio, sí, pero en traje de fajina. Que si desde siempre cada día trae su afán, las jornadas por venir de nuestra dolorida República han de venirnos con demasiados afanes.

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