Leonardo Guzmán
Leonardo Guzmán

Jorge Batlle en vigilia

El desplome abrupto del Dr. Jorge Batlle conmovió al país. Tras haber sido Presidente de la República, haber derrotado la peor crisis y entregado las finanzas en orden y el país en crecimiento, no disputó para más cargos. Pudo llamarse a silencio o reducirse a consejero de quienes buscasen su lucidez. Tras una vida novelesca -perseguido, preso, derrotado y triunfador- pudo apoltronarse.

El desplome abrupto del Dr. Jorge Batlle conmovió al país. Tras haber sido Presidente de la República, haber derrotado la peor crisis y entregado las finanzas en orden y el país en crecimiento, no disputó para más cargos. Pudo llamarse a silencio o reducirse a consejero de quienes buscasen su lucidez. Tras una vida novelesca -perseguido, preso, derrotado y triunfador- pudo apoltronarse.

Hizo lo contrario. Las blanduras no eran para él. Sin armar sector ni postularse, se dedicó a pensar en voz alta, sembrar inquietudes y predicar en rueda ciudadana.

Hace apenas tres meses, le escuchamos en Rotary Montevideo una minuciosa explicación destinada a que el Uruguay se comprendiera a sí mismo desde el coloniaje. Pero, como siempre, no sólo explicó el pasado. Oteó el horizonte. Sembró esperanzas. Se comprometió. Convocó. Y anunció una gira por todos los rincones del país.

En esa faena lo sorprendió el grave accidente que desde hace una semana le suspendió el combate, pero teniendo a su derredor a la unanimidad sensible de la ciudadanía. Jorge Batlle, sin listas, en estos días concita el cariño de quienes lo aplaudieron y quienes lo fustigaron, juntos en el voto común por su salud.

Todos le reconocen el valor humano de su entrega. Nadie niega el talento de sus enfoques y la honorabilidad de su gobierno intachado, que sacó al país de la peor tormenta y lo entregó con balance positivo y en marcha. Por sobre las idolatrías ideológicas, en voz alta o baja todos le aprecian la independencia de espíritu y el respeto liberal de sus planteos.

Desde que cayó pero fue salvado en Tacuarembó, corazón geográfico y hospitalario de la República, tenemos al Dr. Batlle en vigilia y junto a él estamos nosotros en vigilia. Vigilia como expectativa atenta, vigilia en la frontera mayor entre la esperanza y la fatalidad, vigilia como recorrido desde la angustia al Misterio. No merece menos este Batlle con quien todos discrepamos más de una vez, pero que, hijo de Presidente, sobrino de Presidente y bisnieto de Presidente, supo brillar con luz propia desde su juventud, salió sin rencores de la persecución de la dictadura, afrontó derrotas, llegó al Gobierno, buscó la paz y bajó al llano para inyectar pensamiento y actitud levantada. ¿Cuánto vale eso como ejercicio republicano de a pie, en una etapa donde las groserías y los déficits morales y materiales generan apatía y amenazan paralizarnos desde el descreimiento?

Por eso, si esperamos que Jorge Batlle salga airoso de esta prueba como de tantas anteriores, no es solo por su noble persona. Es porque el Uruguay necesita su aguijón, que dio prueba de que en el siglo XXI está vivo el espiritualismo laico que en el siglo XIX se opuso al mero positivismo materialista. Batlle y Ordóñez -lo demostró Ardao- no era positivista ni era ateo, como erradamente se escribe: era espiritualista. Pues bien. Su sobrino-nieto ha palpitado en todos los rangos de la vida pública, alzándose contra los determinismos y cultivando precisamente el espíritu en el sentido fuerte de la palabra, que abarca a la vez amor, inteligencia, voluntad, entrega y servicio a valores incondicionados, sentidos como absolutos.

Y por eso, en vigilia ciudadana todos pedimos hoy por su salud, mientras velamos las perennes armas de sentimiento y razón que él encarna y simboliza.

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