Leonardo Guzmán
Leonardo Guzmán

“Su íntima conciencia”

Se cumple hoy el centésimo nonagésimo segundo aniversario de la Declaratoria de la Independencia.

Se cumple hoy el centésimo nonagésimo segundo aniversario de la Declaratoria de la Independencia.

En la Piedra Alta, bajo la presidencia del Padre Juan Francisco de Larrobla -diputado por el Departamento de Guadalupe-, la Asamblea declaró “írritos, nulos, disueltos y sin ningún valor para siempre, todos los actos de incorporación, reconocimientos, aclamaciones y juramentos arrancados a los pueblos de la Provincia Oriental, por la violencia de la fuerza unida a la perfidia de los intrusos poderes de Portugal y el Brasil que la han tiranizado”.

El texto está escrito con profunda pasión. Indica corte de la voluntad radicalmente convencida. Implica decisión que vale escisión: marca un antes y un después.

Pero además, refleja pasión en el sentido de “acción de padecer”: una acepción que es la primera en el Diccionario, pero que ha venido olvidándose, al disolvérsela en la atmósfera apenas sensorial de la subcultura dominante. La Banda Oriental venía, sí, de sufrimientos que le habían costado batallas, Éxodo y sangre; y los Orientales tenían a su Jefe desterrado, con esperanzas de retorno cada vez más menguantes. Si pasión ponía en la actitud, pasión ya larga estaba padeciendo por defender la libertad de los orientales, delineando la actitud de base con la que este terruño iba a erguirse, civilizado, ante el mundo.

Es cierto que la Declaratoria no estatuyó la independencia sino que dispuso la incorporación a las Provincias Unidas del Río de la Plata; pero no por eso dejó de constituir un instrumento mayor de identidad oriental, adoptado -igual que las Instrucciones del Año XIII- por asunción directa de soberanía ante el Universo.

Ese texto reflejaba la culminación, en apenas cuatro meses, de los sueños del puñado de patriotas que hasta abril se habían reunido en Buenos Aires, en cercanías de la Plaza de Mayo, bajo el techo del comercio de Luis Ceferino de la Torre, para forjar la inmensa aventura de los Treinta y Tres. La Asamblea de la Florida encarnaba su triunfo.

En el proemio, la Declaratoria hace constar que “La Honorable Sala de Representantes de la Provincia Oriental del Río de la Plata, en uso de la Soberanía ordinaria y extraordinaria que legalmente inviste para constituir la existencia política de los pueblos que la componen”, tras “consagrar a tan alto fin su más profunda consideración”, adopta sus decisiones “obedeciendo la rectitud de su íntima conciencia”.

Es fecha para revivir esa constancia, recordando que la intimidad de la conciencia no es solo la sede de la pasión como fuego interior y de la pasión como aceptación lúcida del padecer, sino, además, es el ámbito irremplazable donde se elaboran las ideas desde las cuales cada uno vive; y por tanto, es forja del pensamiento que se hace acción y colectivamente nos deviene historia.

Es fecha para revivir esa constancia, sacando a nuestra íntima conciencia de la anestesia con que, tras haber sido una República ejemplar, el Uruguay está hoy decaído y debatiendo sandeces, mientras se guarda en caja fuerte la decisión del comité de ética del partido gobernante, nada menos que sobre la conducta de un Vicepresidente.

Es fecha para recuperar el valor de la intimidad y la conciencia, que son la valla última contra las desviaciones de los gobiernos y los partidos, muy por encima de las militancias ruidosas y los silencios cómplices.

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