Leonardo Guzmán
Leonardo Guzmán

Humor y alma

La muerte de Daniel Scheck me hizo recorrer las fronteras altas de los recuerdos y la gratitud. A él y a Washington Beltrán Mullin les debo esta columna de los viernes, nacida de la pasión por la libertad, forma superior del amor al prójimo y del respeto entre discrepantes.

La muerte de Daniel Scheck me hizo recorrer las fronteras altas de los recuerdos y la gratitud. A él y a Washington Beltrán Mullin les debo esta columna de los viernes, nacida de la pasión por la libertad, forma superior del amor al prójimo y del respeto entre discrepantes.

Hace más de veinte años, estos dos grandes ciudadanos blancos insistieron tenazmente en invitarme, sin condiciones, a escribir en El País desde mis convicciones batllistas.

Al irse Daniel, conste la generosidad de ese gesto. Lo evoco como expresión principista, porque siempre supe que se inscribía en una tradición de alcurnia, la misma por la cual Eduardo Rodríguez Larreta a mediados de los 50 abrió en este diario la Tribuna Libre de la Juventud, la misma que hizo que Juan Andrés Ramírez recogiera en El Plata blanco, los conceptos constitucionales del colorado Justino Jiménez de Aréchaga.

En estas horas, se han repasado las múltiples áreas en que volcó Daniel Scheck su talento y su imaginación. En carbonilla, reaparecieron los trazos del abogado que aplicó su formación lógica a la misión de pensar por cuenta propia y entregó ahínco a faenas que fueron de lo intelectual a lo empresarial, del libreto al balance.

Con la actual formación rígida y monotemática -donde la explotación de las especialidades lleva a saber cada vez más de cada vez menos-, una personalidad así de abierta y versátil, capaz de recorrer todos los ambientes suscitando el rigor y la sonrisa a la vez, parece cosa de un tiempo ido e irrecuperable. Pero los aguijones de la necesidad son mejores maestros que la rigidez de los encasillamientos; y el Uruguay trizado y dividido de hoy ha de requerir cada vez más miradas panorámicas y comprensiones ágiles, por lo cual ¡vaya si en el porvenir inmediato ha de valer la lección de vida de un Daniel Scheck, apto y lúcido para otear horizontes desde cualquier atalaya y encarar luchas prácticas con alma liberal!

Si trabajó con éxito en los cimientos de Lunes, Los Lobizones, Telecataplum, la Administración de El País, la Dirección de Teledoce y el Grupo de Diarios de América, fue porque en todas las etapas, y hasta los límites últimos de su conciencia, lo guió el humor, entendido no como ironía soberbia y corrosiva sino como mirada valorativa que, más allá de ideologías y militancias, sabe dibujar los contornos de cada personaje y enseña a soldar el quehacer ajeno y propio en un yo-soy-tú sin el cual la vida se nos achica y se nos infierna.

El humor -cariñosa toma de distancia- es un modo sencillo de proyectar la filosofía que cada uno abraza, abriendo las mentes en lucha frontal contra las cerrazones. En el mundo, lo sintió el teatro clásico, lo cultivaron Larra y Clarasó, lo explicaron Bergson, Max Scheler, Alfred Stern y muchos más. En nuestras playas lo sembraron Wimpi, Mas de Ayala, Aldama, Verdaguer y Maggi. Lo remozan y expanden Kid Gragea y Diego Delgrossi.

Que a un Ministerio llamado de Desarrollo Social lo ocupen los funcionarios por reclamos gremiales con la anuencia de la propia titular sería un desternillante sketch de Telecataplum, si no fuera el fruto amargo de haber reemplazado el humor por la chabacanería, el ceño fruncido y el disparate.

En las antípodas, llamándonos a reírnos juntos, el humor está esperándonos para que reconstruyamos, por filamentos, la unidad valorativa del país.

Y ese es el porvenir que sigue latiendo desde el alma noble que despedimos.

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