Leonardo Guzmán
Leonardo Guzmán

Hora para el Derecho

Sobre sus 47 millones de habitantes, España ya va en 21.832 fallecidos por coronavirus. En proporción, es como si nosotros tuviéramos 1.393 muertos. 

En escala, los 25.085 muertos de Italia sobre su población de 60 millones equivaldrían en el Uruguay a 1.463; los 21.340 muertos de Francia acá serían 1.114. En vez de todo eso, tenemos 12.

Luctuosa pero obligada, la comparación con los grandes del mundo -incluyendo Gran Bretaña, Países Bajos, Alemania, Estados Unidos- muestra que el Uruguay puede enorgullecerse de sus gobernantes y su pueblo, que, para servir el interés general, se unen en el sacrificio.

Pero no todo se mide en números. Palpitan y reclaman los sentimientos, los valores y el espíritu, cuya sedimentación genera el humus cultural donde se enraíza y se alimenta el Derecho.

De eso también debemos ocuparnos sin demora, porque, pasado el primer remezón del COVID-19, ya vamos viendo cuánto crujieron las estructuras y cuánto anhelamos reponernos a fondo, fortaleciendo a las instituciones y a las personas en vez de rebanarlas.

Un ejemplo, la Justicia. Desde el 24 de diciembre al 2 de mayo -fecha del fin de la Feria sanitaria hasta ahora dispuesta por la Suprema Corte- el calendario va a haber sumado 130 días, de los cuales solo se habrá trabajado 29 jornadas efectivas que terminaron el 10 de marzo. Resultado: de los tres Poderes de la República, el Judicial es el único que prácticamente se paralizó entero.

Ya es bastante desgracia que la Justicia tropiece en los procedimientos, se abarrote de formalidades cibernéticas y tenga desnaturalizado y enajenado el proceso penal, para agregarle el mensaje público de que no se siente esencial sino prescindible.

Ni eso ni cosa que se le parezca podrá integrar la “nueva normalidad” que el mundo acuñó como un eslogan y que en nuestro suelo no debe reemplazar el sistema de valores acumulado en dos siglos largos de historia nacional. Es excelente que en el Uruguay el Poder Ejecutivo leal y frontal que hoy tenemos haya llamado a grandes especialistas en medicina, economía y matemáticas. Sus nombres son una garantía, pero no esperemos que la cruza de competencias técnicas genere la inspiración que necesita un pueblo que hace largos años empezó a perder sus sentimientos normativos. Tampoco esperemos que justifiquen a título científico limitaciones ciudadanas que la Constitución manda disponer solo por la vía de la ley, con el apoyo discurrido, filosófico, del Parlamento.

En el mundo, y acá, se está hablando de promover el “distanciamiento social”. Precisemos: hará falta el distanciamiento corporal, porque en lo “social” lo que necesitamos es integración en una convivencia que, ya sea lejana o carnal, nos acerque en sentimientos, pasiones, ideas, trabajo y todo un entramado interpersonal que no debemos alejar sino estrechar cada vez más, si queremos salir de este marasmo -viral pero no solo sanitario- que nos angustia a todos por el destino de todos.

Entonces, preparémonos para los cambios, sí, pero no solo en pulseada con el virus sino en remoción del alma. Tenemos pendiente restablecer el ideal constitucional del hombre dueño de sí mismo, capaz de levantarse de sus caídas para recuperar el equilibrio entre lo íntimo y lo universal.

Si el mundo ha venido asaltando y desguazando la intimidad, irgámonos en nuestra comarca para levantar los sentimientos y encender la razonabilidad, que tantas veces se nos desactivó.

Reportar error
Enviado
Error
Reportar error
Temas relacionados