Leonardo Guzmán
Leonardo Guzmán

La gran ausente

Algo debería alarmarnos en el modo nacional de estirar conflictos, desoír razones ajenas y resolver las contiendas con remedios transitorios y no por aplicación de principios.

Sea en salud, en el gobierno departamental, en los judiciales o ahora en el agro, todo es forcejeo y pulseada de poder, donde se negocia o se tranca sin que el Estado levante la mira hacia los principios generales cuya vigencia congloba al Derecho y a la República.

Como en una enfermedad degenerativa, se nos ha ido paralizando progresivamente la facultad de reflexionar en voz alta sobre la razón o sinrazón de cada pedido y cada resistencia. Es cierto que formalmente a cada uno se le reconoce la pertenencia a su grupo y la pertinencia de que defienda sus posturas, pero también es cierto que todo lo que diga, clame o reclame el ajeno no se mide con criterios de justicia ni por pautas institucionales de interés general o bien común.

Agrupando a la gente por lo que hace o tiene y no por lo que siente y piensa, esta democracia en que hoy vivimos aparece dividida en parcelas de intereses, a tal punto que periódicamente los gremios obreros —y también los patronales— incluyen en sus plataformas la defensa de derechos y valores —por ejemplo, la seguridad— que no son sectoriales sino generales; y por tanto, debería defenderlos una conciencia cívica común y robusta, en vez de reducirse a banderas de lucha adosadas a las reivindicaciones de un grupo u otro. ¿Y cómo llegamos a este descalabro? Muy sencillo: llevamos casi tres lustros en que dejó de funcionar un órgano de impulso y contralor sin el cual la vida republicana queda mocha y se hace inerte: la opinión pública.

Hace falta y se la extraña. No como manojo de cifras variables, reflejadas en encuestas que encarga el marketing gubernista u opositor que, a gatas, sirven para plantear opciones simplificadas a unos cientos de cobayos ignotos. Lo que se nos apagó es la opinión pública como fuente viva de convicciones vigorizadas por la reflexión, en debates de sentimientos e ideas que no caben en interrogatorios flash ni entran en mensajes apurados, porque edifican y tallan la personalidad misma de cada ciudadano.

Habiendo vivido toda suerte de experiencias amargas y teniendo hoy un país endeudado y a la deriva, no hemos sabido construir una columna vertebral principista que nos unifique como ciudadanía y nos permita definir proyectos nacionales al servicio de la persona.

En cambio, hemos acuñado un método que se hace llamar "sistema político", pero en realidad es apenas un elenco de dominación transitoria, al que le falta caja de resonancia en calles, caminos y conciencias. Es que, yertos los grandes debates de ideas, reclamado el pensamiento "políticamente correcto" y tronchada la fecundidad socrática del libre examen, se ha acuñado una manera de votar mandatarios para que gobiernen sin dialogar con sus mandantes.

Por ese camino, el poder público queda sin tener dónde apoyarse. Gira en el vacío por la ausencia de la opinión pública; y entonces pasa a ejercerse al golpe del balde, mientras la ciudadanía entrecruza relativismo con perplejidad.

Todo lo cual tiene arreglo, pero con una condición: verlo claro y ponerle voluntad al tema, que juega el destino de los que vendrán.

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