Leonardo Guzmán
Leonardo Guzmán

Sin gobierno y sin mensaje

Alas horas más diversas, en las radios irrumpen las piezas de una campaña grabada a la usanza del radioteatro, donde diversas voces incoloras e indolentes conversan sobre trivialidades.

La secuencia desemboca en una genérica afirmación de que así se construye la convivencia. Y culmina con el nombre de la institución que promueve el aviso: Presidencia de la República.

Sabemos que, apoyándose en la ley que hizo votar a sus disciplinados legisladores, el gobierno tiene hoy la facultad de apropiarse del tiempo emisor de los medios. Ese privilegio es de más que discutible constitucionalidad. Pero resulta el colmo —un colmo más— que se lo utilice para poner en el aire la nada mal dialogada.

Reproducir lenguaje de entrecasa remedando guarangadas es contribuir a la ineducación que ya sufrimos. Darle jerarquía de mensaje al vacío conceptual es reforzar un modo de andar por la vida que solo puede conducir a formar una masa inerte.

En una época dominada por el relativismo, la inmediatez y el desenfreno, y con muy poco espacio para la sensatez, resulta necesario y urgente restablecer relaciones humanas basadas en valores firmes y orientadas hacia metas elevadas. Sí: hace falta que nos encontremos para construir pensamiento y acción sustentables, y eso solo se logra a partir de principios. ¡Y los principios se establecen llamando a la ciudadanía a reflexionar y no usando el poder presidencial para hacer ejercicios colectivos de hipnosis!

Por cierto, esa campaña desabrida refleja muy bien al gobierno que la monta, el cual ni gobierna ni imprime mensaje. Gobernar es orientar, decidir e inspirar: eso es lo que no hace el equipo actual, formado con ministros que no responden con su cargo ante la ciudadanía.

Sobre ese cuadro de fondo, montar mensajes publicitarios sin sustancia resulta coherente y hasta apropiado. Apropiado sí, para lo que es el gobierno, pero no para lo que en estos meses siente el ciudadano de a pie, cualquiera sea su preferencia electoral.

El Uruguay vive una angustia colectiva, porque se le han volteado sus mejores blasones en Derecho, vida ciudadana, educación y seguridad. Últimamente también en economía y trabajo. Esa angustia no ha tomado aún forma de multitud callejera, porque ha estado refugiada en la soledad de las conciencias. Pero ya se expresa en voz alta e impele al reclamo republicano. No hay que desatenderla, porque en lo lacerante del dolor vibra la genética del yo cívico, que nace y se afirma a medida que convierte el sufrimiento en sed de normas claras y encuentro con el prójimo.

El gran extravío de esta época es haber degradado el primero y más grande de los instrumentos de la condición humana: pensar. Pensar co-mo respuesta creadora y no como un repetir pensamientos mediante "corte y pegue".

Ante un mundo que industrializa la insensibilidad, nuestro deber es promover los matices en vez de achatarnos en lo insípido e incoloro.

La convivencia se construye hablando claro y no mascullando. Proclamando principios. Enseñando la libertad. Y cimentando en esos valores las instituciones, empezando por la Presidencia de la República.

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