Leonardo Guzmán
Leonardo Guzmán

Ghiggia a contraluz

A su muerte, Alcides Edgardo Ghiggia volvió a escaparse por una punta inesperada: se fue el preciso día en que cumplía sesenta y cinco años su gol, su hazaña, su Mundial.

A su muerte, Alcides Edgardo Ghiggia volvió a escaparse por una punta inesperada: se fue el preciso día en que cumplía sesenta y cinco años su gol, su hazaña, su Mundial.

Ajeno a las millonadas del fútbol calidad Blatter-Figueredo, en sus declaraciones siempre dio lecciones de grandeza: glorioso en la historia del balompié y modesto en la vida diaria, supo ser dueño de sí mismo y señor de su pobreza. Y al partir, desde la sombra en blanco y negro de su juego convertido en video, nos devuelve las vibraciones de toda una época.

Sin televisión ni satélites, el Campeonato del ‘50 lo vivimos leyendo los diarios que recogían crónicas de las teletipos y oyendo las radios que por ondas cortas recibían audio y ruido. Los goles de Schiaffino y Ghiggia no nos tupieron como las imágenes que hoy se transmiten en “tiempo real”. Nos llegaron como gritos de los trovadores del relato, Carlos Solé, Duilio de Feo, Chetto Pelliciari. En brincos del alma, cada uno construyó su jugada en la pantalla gigante de su imaginación, mientras unía su voz al coro afinado de un Uruguay que sentíamos de todos. Encarnábamos la verdad de la Oda de Schiller que Beethoven inmortalizó en la Novena: la alegría une y hermana por encima de lo que la moda divide.

Pero lo que coreábamos era Uruguayos Campeones, cuya letra -lo supimos mucho después- fue escrita para los Olímpicos de 1924 sobre la música de La Brisa, tango de Francisco Canaro. La sentíamos como una marcha triunfal que proclamaba “Uruguay pa’ todo el mundo” no sólo en fútbol sino en libertad, civismo republicano, Estado de Derecho y justicia social. En los ‘50, América del Sur se erizó de dictaduras y las únicas excepciones fueron Uruguay y Chile.

Nuestra educación era señera. Buscábamos modelos en las naciones más civilizadas de la Tierra. Lejos de amigarnos con dictaduras malolientes, defendíamos la doctrina Rodríguez Larreta sobre el paralelismo entre la democracia y la paz. No nos había ganado la manía de explicar el destino personal y colectivo por los contextos socio-económicos, ni se nos ocurría admirar lodos e igualar para abajo: en el barrio, para sacar cabeza creíamos en el esfuerzo y la voluntad. En tal contexto, cuando la Asociación Uruguaya de Fútbol -presidida por César Batlle Pacheco, quien sentía que su apellido no le daba derechos sino cargas- exhibió sin custodia la Copa Jules Rimet en su vidriera de 18 y Tacuarembó, veíamos en ella la materialización de un espíritu público que era polémico pero esperanzado y sembraba virtud en el ánimo de cada ciudadano.

Dos tercios de siglo después, una catarata de déficits materiales y bochornos morales nos inyecta a diario masivas dosis de motivos para creer que el Uruguay del milagro desertó para siempre, con un anochecer sin esperanza de aurora. Pero por encima de la drogadicción del pesimismo, se empecinan en alzarse ejemplos hazañosos como el de Maracaná, que fueron el fruto de la capacidad personal y colectiva de enfrentar adversidades que parecían ilevantables.Ahora a esa aptitud de respuesta han dado en llamarla resiliencia, una palabra calcada del inglés que suena demasiado técnica para reflejar la garra, el temple, la inteligencia, la entrega y la fe que hay que tener para abrazar valores incondicionados y tutearse con la victoria. Si todo eso, que es espíritu, nos regresa a contraluz de un símbolo como Ghiggia, es porque nos extrañarnos a nosotros mismos.

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