Leonardo Guzmán
Leonardo Guzmán

De Gaulle a 75 años

Cuando Francia se rindió ante la Alemania nazi, el General de brigada Charles de Gaulle respondió desde la BBC con un llamamiento a la resistencia y a la lucha. El jueves 18 van a cumplirse tres cuartos de siglo. El aniversario no nos debe pasar inadvertido. No por pasión evocadora sino por todo lo que aquel gesto generó, simbolizó y enseñó. También para nuestro aquí y ahora.

Cuando Francia se rindió ante la Alemania nazi, el General de brigada Charles de Gaulle respondió desde la BBC con un llamamiento a la resistencia y a la lucha. El jueves 18 van a cumplirse tres cuartos de siglo. El aniversario no nos debe pasar inadvertido. No por pasión evocadora sino por todo lo que aquel gesto generó, simbolizó y enseñó. También para nuestro aquí y ahora.

En las horas en que se formó el gobierno colaboracionista de Pétain, de Gaulle atravesó la Mancha y asumió sobre sí la ciclópea tarea de transformar la derrota en la resurrección de una Francia Libre. Fue un acto incondicionado. Kantiano, sintiendo la Cruz de Lorena en el firmamento y los Derechos del Hombre y el Ciudadano en el fondo del pecho.

En solo seis minutos de suprema claridad, fundó la conclusión de que “El honor, el buen sentido y el interés superior de la patria mandan continuar el combate a todos los franceses libres, allí donde estén y como puedan”. Enseguida cerró sus palabras asumiendo sin ambages la responsabilidad de su insurrección personal: “Yo, General de Gaulle, invito a todos los militares franceses y a todos los franceses a escucharme y a seguirme”. Apenas 45 días después, el gobierno de Vichy condenaba a muerte al General que combatía desde el micrófono, quien ni se inmutó: siguió impertérrito, consciente de que su vida no era tema, en una guerra que -repetía- “no es de Francia sino de la humanidad”.

En aquel discurso y en los siguientes mensajes londinenses de su Ici la France (“Aquí, Francia”), de Gaulle no buscaba explicar ni justificar sino conmover y motivar, apoyándose en valores básicos. Inspiraba y mandaba, inculcando el desprecio al nazi-fascismo e infundiendo amor universal por la libertad.

Desde su primera proclama, les decía a los franceses lo que, cinco semanas antes -exactamente el 13 de mayo de 1940- su colega de grandeza Sir Winston Churchill había proclamado ante el Parlamento británico, al pronunciar otra gran pieza de la memoria del mundo con motivo de presentar el Gabinete que le había sido apuradamente encargado: “Debo decir a esta Casa lo mismo que les dije a quienes se han unido al nuevo Gobierno: ‘No tengo nada para ofrecer sino sangre, trabajo duro, lágrimas y sudor’… para librar la guerra contra una monstruosa tiranía, nunca sobrepasada en el oscuro y lamentable catálogo de la criminalidad humana”.

Uno y otro líder forjaron “su hora de más gloria” -según la lúcida definición de Churchill- en la conversión espiritual de la tragedia que tomaron a su cargo. Esa conversión anímica, que infunde fuego a las cenizas muertas, es cimiento de esperanza capaz de erguirse por sobre los más aciagos dolores.

De Gaulle, solo, en Londres, no ofreció un balance, no manejó dictámenes técnicos, no talenteó sobre las probabilidades de éxito ni preguntó cuántos lo seguían. Si hubiera estado inficionado por la interpretación económica que hoy está de moda, habría podido explicar la victoria del enemigo y hasta habría justificado quedarse en casa. Hizo todo lo contrario: enamorado del ideal liberal, sintió que valía la pena apostar la vida por la libertad del prójimo.

Con ello impartió una lección que las nuevas generaciones han de seguir recogiendo cada vez que, enfrentadas a poderes desbordados, se sientan llamadas a abrazar valores incondicionados, en vez de encuestar cómo los demás van cediendo su libertad, adormilándose bajo dosis crecientes de anestesia.

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