Leonardo Guzmán
Leonardo Guzmán

Evidencia y horror

En la primera mitad del siglo XVII, Descartes estableció una medida universal del conocimiento: la evidencia.
Después de él, los principios de Derecho Natural que afirmó el siglo XVIII —a través de la Ilustración, la Enciclopedia, la Revolución Americana y la Revolución Francesa— se presentaron como evidentes: sí, amar al prójimo y respetar la libertad por sobre las diferencias parecían reglas racionalmente indiscutibles.
Hoy estamos ante una trágica paradoja: esa evidencia no basta. Los crímenes del terrorismo yihadista prueban que no es suficiente ennoblecer una norma ni jerarquizar un valor para que todos los obedezcan. Lo que en el sentimiento nos surge como revelación natural, en el fluir de las ideas nos brota luminoso y en el rigor lógico nos resulta irrebatible, eso que nos vibra como evidencia palmaria, puede ser pisoteado por poseídos que cierran a cal y canto el camino a la razón.
Pero hagamos memoria. El amor, el pensamiento crítico y la libertad no cayeron del a

En la primera mitad del siglo XVII, Descartes estableció una medida universal del conocimiento: la evidencia.
Después de él, los principios de Derecho Natural que afirmó el siglo XVIII —a través de la Ilustración, la Enciclopedia, la Revolución Americana y la Revolución Francesa— se presentaron como evidentes: sí, amar al prójimo y respetar la libertad por sobre las diferencias parecían reglas racionalmente indiscutibles.
Hoy estamos ante una trágica paradoja: esa evidencia no basta. Los crímenes del terrorismo yihadista prueban que no es suficiente ennoblecer una norma ni jerarquizar un valor para que todos los obedezcan. Lo que en el sentimiento nos surge como revelación natural, en el fluir de las ideas nos brota luminoso y en el rigor lógico nos resulta irrebatible, eso que nos vibra como evidencia palmaria, puede ser pisoteado por poseídos que cierran a cal y canto el camino a la razón.
Pero hagamos memoria. El amor, el pensamiento crítico y la libertad no cayeron del aire. Se abrieron paso trabajosamente entre los seguidores de Moisés, Sócrates, Aristóteles y Jesús, en luchas que por siglos engendraron mártires. Y tras una larga elaboración —panfletaria en Voltaire, adusta en Kant— se elevaron a principios jurídicos en las Constituciones del siglo XIX y en las Declaraciones regionales y mundiales del siglo XX, seguidas todas por quiebras institucionales y hecatombes bélicas.
El teólogo verá esas desgracias y esas luchas como muestras de la flaqueza humana que le impide obedecer a Dios; el historicista las explicará por las contradicciones —“corsi e ricorsi della storia”— y el sociólogo las justificará por los contextos y los intereses en juego. Pero nada de eso debe consolarnos ni paralizarnos, porque la verdadera causa de estos horrores radica en que las luces no han vencido todavía a las tinieblas. Más de medio mundo ignora los avances del pensamiento y del Derecho, le da la espalda a la filosofía y zurce cualquier cosa sin ahondar nada. El gran proyecto liberal de expandir el humanismo bajó la guardia. Quedó a medio hacer. ¿Para qué predicar lo que parecía evidente y se daba por descontado, si no sirve para el marketing ni rinde para el presupuesto?
Tras la catástrofe, es honroso para el periodismo que haya respondido al crimen de París publicando las imágenes y las caricaturas que el yihadismo no quiere. Muestra valentía sin rendición ante el terrorismo extorsivo. Revive lo heroico del alma periodística, bastión de la libertad. También es honroso que la Francia de la Cruz de Lorena haya revivido en millones de manifestantes.
Es honroso, pero no basta: porque para vencer la infamia y convivir en paz con un Islam sin terroristas —limpio: mundificado, dicen las traducciones de El Corán— se requiere un trabajo ciclópeo del pensamiento, el Derecho y la educación, que venza al fanatismo hasta en sus últimas madrigueras. Tras haberse perseguido y matado, el judaísmo, el cristianismo y el liberalismo se reconcilian diariamente gracias a las redes que tendieron los pensadores, al distinguir los símbolos de los mensajes que les son comunes y rescatar con mirada laica aquello en que debemos coincidir.
Habrá que redoblar esa tarea. Este atroz choque del humor con el terror nos alerta, recordándonos que ni las evidencias ni la libertad se defienden solas. Son afán de cada día. Y nos precisan, a todos, en traje de fajina. 

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