Leonardo Guzmán
Leonardo Guzmán

¡Esperando el VAR!

El candidato colorado Enrique Talvi designó para Vice al Dr. Robert Silva. Joven, sin tachas, destacado por su legalismo y su pasión educadora, luce la impronta republicana de quien se destaca en el llano de la batalla diaria.

¡Goooool!

No.

Suspendido por el VAR. Hay que mirar al microscopio si puede postularse.

Sereno, declara: “La Corte Electoral tendrá la última palabra”. Y todos quedamos a la espera, a solo 3 meses y tres semanas de votar.

Ojalá el punto se despeje enseguida. Y ojalá se resuelva con fundamentos definitivos, para que la decisión no sea política sino jurídica. Eso merece nuestra Constitución. Eso merece la ciudadanía, tras soportar las insolencias conceptuales de Mujica y sus cofrades. Eso merecen el Partido Colorado, sus candidatos y sus sufridos batllistas de a pie.

Urge terminar el asunto. No es cosa de que quedemos todos discutiendo sobre aspectos formales, distrayéndonos de los valores sustanciales en juego.

La candidatura Silva tiene el mérito de brotar de una coincidencia profunda respecto a la misión del próximo gobierno: educar. No surge de un aparato de poder o un interés corporativo. Brota de ser Robert Silva el más conspicuo servidor del tema que fue el leitmotiv del economista Talvi cuando hablaba desde Ceres. Ungido, no salió a buscar a un vice que le arrimara votos sectoriales. Sacrificó el cálculo del rinde electoral. Prefirió reafirmar su proyecto de regenerar al país desde los corazones y las cabezas.

Si se compara este modo de seleccionar con lo que estuvo haciendo el continuista Daniel Martínez, la diferencia estremece. Descartó a quien mejor merecía el cargo por antecedentes, pues más allá de su dislate del Antel Arena -compartido con sus correligionarios-, la Ingª Cosse es mujer profesional con luz propia. Martínez prefirió a una edila sin prestancia intelectual, tan ignota que empezó pidiendo “que me den la oportunidad de conocerme”. Lo cual confirmó que no solo fue designada a contramano de las capacidades documentadas y violando las prelaciones de las urnas, sino que, además, se burló del sentido de las elecciones, que no se hacen para darse a conocer sino para que la ciudadanía elija entre los que ya conoce.

Antes de viajar presto a los EEUU. el antiimperialista Martínez, al sacar de la galera el nombre de Graciela Villar, dejó un tendal de doloridos, léase una gata parida. ¿Error de conducción? ¿Ineptitud? Al contrario, es la aplicación ortodoxa de los métodos clásicos de quienes se enmaridan con dogmas de fe totalitaria: el cálculo inmediato pasa por encima de cualquier consideración de fondo; la selección se hace por oportunismo en el enganche; el revoltijo de tripas en los seguidores se arregla con apelaciones a la unidad, el futuro y “la utopía”. Y si todo cruje y nada aguanta más, se apuesta a la religión de las falsas leyes de la historia y a la dialéctica sin valores universales. Todo lo cual es un macaneo que es tiempo de analizarlo y desenmascararlo.

Si lo hacemos, volveremos a aprender que las ideas y las prédicas moldean las actitudes y los destinos de las personas, los partidos y los pueblos. Esa verdad ha sido pisoteada. El liberalismo de espíritu deberá trabajarla con empeño sembrador, si queremos reencontrarnos todos en la grandeza del Derecho, como manda la Constitución.

Para revertir la decadencia en que está sumida la República.

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