Leonardo Guzmán
Leonardo Guzmán

Escándalos y Derecho

Con la exhibición planetaria de sus piruetas y escándalos por coimas -coronada por, pero no terminada con, la caída de un Blatter que parecía incombustible-, la FIFA se ha ganado un impacto y una audiencia mucho más profundo y duradero que los conseguidos con la más feérica de sus inauguraciones mundialistas.

Con la exhibición planetaria de sus piruetas y escándalos por coimas -coronada por, pero no terminada con, la caída de un Blatter que parecía incombustible-, la FIFA se ha ganado un impacto y una audiencia mucho más profundo y duradero que los conseguidos con la más feérica de sus inauguraciones mundialistas.

Por goleada, por expulsiones y hasta por walk-over del Presidente, en menos de dos semanas la repugnancia y la indignación vienen ganándole a la ilusión y la esperanza.

Esto es grave para el fútbol, porque -en capas infantiles y primarias de pasiones colectivas- inocula envilecimiento y corrupción, nada menos que en el centro mismo de los mayores torneos internacionales, cuya imagen queda hundida en sospechas y cavilaciones, en vez de erigirse en humus sano y límpido para el cultivo de la confianza en sí mismo, el respeto por el ajeno y el modelo de conductas deseables.

Pero si grave es para el deporte, más grave aun lo es para la condición humana, diariamente mortificada -desde las finanzas europeas hasta la migración mediterránea y desde la economía mundial hasta la libertad de religión- por toda suerte de noticias aberrantes. Resulta patético que ni siquiera correr tras una pelota se salve de la ola de materialismo y barbarie que signa los primeros lustros del siglo XXI.

El asunto no es solo lamentarse, sino el mirar de frente cómo se llegó hasta acá. Para eso, no basta rastrear los datos de la saga internacional que recién empieza, ni esclarecer las estribaciones locales del aquelarre. Eso es necesario -hasta para salvar el honor de todos los nobles que han pasado por nuestro fútbol- pero no es suficiente. Porque esta cochambre es el resultado de décadas en que se degradaron los elencos.

A tal degradación se llegó por alimentar grupos de poder que se constituyen en corporaciones cerradas, medievales, anteriores al nacimiento -cultural y civilizador- de los principios generales de Derecho universalmente aplicables.

Aquí, en Zurich y en muchas capitales más, por pereza y “no te metás” se entregaron cuotas de poder a advenedizos que se abrieron paso a los codazos, igual que Avivato en la caricatura de Lino Palacios y la película de Pepe Iglesias.

En el caso de la FIFA, a eso ayudó un estatuto que la tornaba impenetrable para el Derecho, pero -seamos claros- no ocurrió solo en el fútbol, según desnudan las noticias de los cuatro puntos cardinales.

En el barrio, lo confirman los negociados por los que se investiga y acusa al vecindario.

Y entrecasa, lo muestra la proliferación de insensibilidades crueles y miopes, que ahogan en pesados silencios lo que en toda República debería ventilarse. Bochornosamente, se deniega formar una Comisión Investigadora parlamentaria por los desfondes del Fondes y nadie se inmuta ni renuncia ante las revelaciones dantescas de la Colonia Etchepare: ¡las denuncias se descalifican por “políticas”, en vez de indagarlas como corresponde!

Estos hechos, de estos días, igual que muchos otros, de estas décadas, patentizan una caída de la conciencia jurídica, un descaecimiento de la sensibilidad, una regresión de la idealidad y una reedición de las formas atávicas y gregarias del egoísmo. Y así andamos, viendo cómo se enarbolan reclamos por derechos humanos de hace treinta o cuarenta años, mientras se pasa silbando bajito y mirando hacia otro lado ante la laceración hospitalaria o callejera .

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