Leonardo Guzmán
Leonardo Guzmán

Entrando en el 102° año

A medianoche, esta casa -que a uno le otorga afectuoso hospedaje- completará 101 años. Y mañana entrará a correrle el centésimo segundo año de vida.

Leídas en un balance o en la memoria de una empresa, las dos frases parecen decir lo mismo porque indican la misma cantidad y porque en los últimos años los números cardinales -parejos, abstractos- vienen aplicándose lo mismo a las cosas que a la sucesión de días o años de las vidas. Y eso nos lleva a perder de vista que lo cuantitativo no es todo.

Por cierto, vienen en retroceso las cuentas con números ordinales, que indican sucesión. A nadie va a extrañarle que dentro de diez días, el 23 de setiembre, no escuchemos que se cumple el centésimo sexagésimo noveno aniversario de nada y, en cambio, volvamos a oír -incluso en la locución oficial- que llega “el 169 aniversario de la muerte de Artigas en el Paraguay”, manejando el guarismo 169 tan aséptica y descarnadamente como el precio de un vino o la línea de ómnibus a Manga y Toledo Chico.

Pero lo humano es, precisamente, mucho más que la suma lineal de unidades de tiempo. Es vertebración, andanza continua, mezcla de intuición y sorpresa cualitativa. Es sucesión ordinal. Esa sucesión -de hechos, reflexiones, ambiciones y angustias- edifica la unidad vital de la persona y las instituciones. Ni aquella ni estas acumulan años aritméticamente: los concatenan en policromía de valores, cualidades, tropiezos y hasta renuncios. Y los condensan en una madeja que se teje con aciertos y errores, como palpitación unificada de la aventura del pensamiento y la acción, es decir, como historia de la criatura humana entera.

Nació tribuna partidaria pero pronto se irguió a planos públicos mucho más altos y generales que la militancia sectorial. Estas columnas se fundaron cuando se afianzaba el Uruguay posterior a la Guerra de 1904, que fue capaz de reconciliarse en las urnas y al cabo de apenas 12 años supo elegir una Constituyente no gubernista, que iba a fundar un futuro republicano ascensional, sin odios ni guerras de clases.

De vibrar con ese ánimo público dio testimonio la grandeza de la viuda de Washington Beltrán Barbat tras el infausto duelo con José Batlle y Ordóñez. Dieron también testimonio levantado el respeto y las coincidencias de espíritu con que se trataron los hijos de Beltrán y de Batlle en las columnas de sus diarios y en los atrios del Palacio Legislativo. Me consta, pues tuve el honor de tratar a unos y otros. Y lo escribo, para que sintamos, entre dolor y esperanzas, la diferencia con quienes hoy se empeñan en explotar homicidios y miserias morales de 40 años atrás.

Hoy la vida nacional no se enaltece con ejemplos de esta alcurnia espiritual. Y los derechos ya no tienen como primer enemigo a la fuerza del Estado sino a su debilidad. Unos apuñalan mujeres, otros venden drogas, otros asesinan por robo o venganza… y muchos desertan de su deber de luchar. El primer enemigo del hombre ha vuelto a ser el propio hombre. No se trata de “fenómenos sociales” a tabular y comprender. Son desgracias contra las cuales hay que abrazar ideales y erguir la reeducación nacional en el amor, el respeto y la responsabilidad.

Y eso requiere un levantamiento espiritual nacional, para que el Uruguay genere ideas y hechos que nutran cada mañana a un gran diario.

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