Leonardo Guzmán
Leonardo Guzmán

Por dónde empezar

2014 terminó con traumatismos múltiples. No por los comicios, en los cuales el Frente Amplio quedó debajo del 50 % y Tabaré Vázquez por encima, a pesar de lo cual –gajes del sistema electoral- tendrá mayoría parlamentaria. El año que se fue nos deja otras lesiones, no político-partidarias sino constitucionales.

2014 terminó con traumatismos múltiples. No por los comicios, en los cuales el Frente Amplio quedó debajo del 50 % y Tabaré Vázquez por encima, a pesar de lo cual –gajes del sistema electoral- tendrá mayoría parlamentaria. El año que se fue nos deja otras lesiones, no político-partidarias sino constitucionales.

2014 nos encajó una Ley de Medios que el propio Mujica había dicho que era indeseable, un Código del Proceso Penal archi-discutible más una nueva ley inconstitucional que atropella derechos adquiridos y acorrala al Poder Judicial, al obligarlo a pagar las condenas que reciba… con recursos propios que los legisladores saben que no tiene.

2014 quedó signado por la profanación del Derecho, la ofensa a la Justicia y el descaecimiento de los derechos de los gestionantes, que ahora llaman “justiciables” -palabreja con dejo peyorativo de pasividad. Tras el verano de 2013, cuando una turba irrumpió en la Suprema Corte de Justicia en protesta por el traslado de una Jueza Penal, el que terminó anteayer fue año en que se sembró recelo y desconfianza hacia el Derecho –al que se presentó como sometido a la política- y hacia los Jueces –a quienes Mujica y su constante subalterno Agazzi dirigieron toda suerte de reproches sin sentido, llegando a la malévola insinuación de que habrían dictado sentencias a favor de sí mismos sin reparar en que simplemente declararon lo que se lee en la ley.

La dimensión y los riesgos de estas desgracias no pasan inadvertidos. Por años la atención ciudadana fue distraída con balances cuantitativos, que, al reducir todo a números, festejan el PBI, se emocionan con los precios, pero desecan la sangre y los ánimos humanos de la realidad y amordazan todo llamado al esfuerzo y el sacrificio, única fuente de prosperidad para las personas y los pueblos. Con almuerzos semanales de genuflexos y con propagandas micrométricas se le amputó a la ciudadanía el hábito de elevar los hechos a conceptos y fundar rigurosamente cada conclusión y cada norma. El país dejó de discutir ideas. Fue más cómodo destratar al adversario o reprocharle una supuesta pertenencia de clase que mirar de frente si tenía razón o no. Se nos achicó el horizonte de la libertad y se rajaron los cimientos de nuestra otrora orgullosa legalidad. ¡Y vaya que es enorme lo que se pierde cuando el Derecho hace ampollas cuya serosidad invade el tegumento de la ciudadanía!

Ahora bien. El Derecho que generó el Uruguay del siglo XX no fue un mero pacto de mínima en que resolviéramos respetarnos por encima de divisas. Fue un proyecto de máxima, cuyo contenido no se refirió a las normas ni a los partidos sino a la persona humana: léase la Constitución. Entonces, no nos arredremos. Busquemos el punto de partida: la persona, que con aciertos y yerros, acá y en el mundo entero sigue siendo la institución primera, cuyo estatuto nace por el solo hecho de la concepción.

Si queremos que 2015 responda a los atropellos de 2014, definamos el ideal humano por encima de dogmas socialistas y liberales. Ese ideal no lo encarnará la troja de derrengados que hoy duermen en los alféizares ni la multitud de paniaguados humillados por los subsidios. No está en las calles de hoy sino en las jóvenes doctrinas de un Rodó, un Figari, un Vaz Ferreira, un Batlle y Ordóñez y un Wilson.

Si los releemos y actualizamos, entonces… sabremos por dónde empezar.

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