Leonardo Guzmán
Leonardo Guzmán

¡No detener lo esencial!

Ante el agravamiento de la pandemia, se anunció un mensaje del Presidente Lacalle Pou.

Hacía falta, porque aun quienes mantenemos la firme convicción de que nuestro gobierno obró con mejor sapiencia y más principios que muchos otros, necesitamos otra cosa que datos y conferencias de prensa que dejan afuera cómo nos sentimos como personas, como familias, como trabajadores, como profesionales y como pueblo.

Ante un drama que devenga tragedias como la de Fray Bentos, con una caída patética de la actividad económica y con el ánimo exhausto en todos los actores de la sociedad, esperábamos el pronunciamiento gubernativo orientador que nos mostrase luz al final del pasadizo y nos levantase el ánimo.

La pandemia que enfrentamos como personas y como pueblo no se agota en las expectativas y porcentajes de una ciencia orgullosa y respetable, pero que sobre el Covid- 19 está en aprendizaje y al tanteo. Hace falta que nos sintamos nación unida tras banderas y conceptos de una filosofía común. Para eso es imperioso que haya diálogo abierto entre los partidos, pero más aún hace falta que el gobierno abrace y comparta con la ciudadanía una filosofía de vida fincada en sentimientos que están antes y más allá de la ciencia y las estadísticas.

Nuestro Estado es laico pero no espiritualmente indiferente, por lo cual debe hablarle al alma de los que sufren, que a esta altura somos todos. Y eso se hace por mensaje, no por un pingpong de preguntas y respuestas que se ha convertido en variaciones sobre un mismo tema.

En el camino, hay efectos secundarios sobre los cuales no debemos callarnos ni resignarnos. Podemos citar importantes reparticiones públicas que, invocando la pandemia, se han hecho impenetrables para el ciudadano. Cerradas las puertas sin que nadie responda, a todo interesado lo mandan a pedir audiencia o solicitar contestación a sus inquietudes únicamente por Internet. Fecho, no responde nadie. Insistido, tampoco. Indagado el tema, se recibe como explicación el teletrabajo, que nunca puede ser lo mismo que la interacción creadora. No hay norma que autorice esa calamidad jurídica.

Por si fuera poco, la Suprema Corte de Justicia dispuso desde el 25 de marzo que no funcione el Poder Judicial y ayer resolvió que así va a seguir por lo menos hasta el 30 de abril. De los 109 días corridos desde el 24 de diciembre hasta hoy, hemos tenido solo 36 jornadas de funcionamiento restringido y, Feria tras Feria, 73 días de no trabajo: el doble y con yapa. En buen romance, denegación de justicia.

Ante el que acude a reclamar, semejante paralización de todos los casos -donde hay muchos patéticos, sobre todo en Derecho de Familia- no se justifica por la pandemia, puesto que choca con la apertura de bares, shoppings y gente parada en ómnibus.

Semejante resultado forense, sumado a la postergación sin fecha de las intervenciones quirúrgicas y a muchos otros daños colaterales, debe imponernos un “avive el seso y despierte” por el cual generemos maneras de luchar por la salud entera que congenien con el cumplimiento de funciones primarias del Estado.

De lo contrario, al luto por el virus le agregaremos las desgracias también mortíferas de la resignación, en vez de abrazar con denuedo la causa siempre salutífera de la acción. Como muy bien nos manda la Constitución.

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