Leonardo Guzmán
Leonardo Guzmán

Decadencia y Navidad

Al cabo de un almuerzo findeañero, el Presidente de la República profirió enfático: "No aceptamos que se diga que este gobierno va a entregar un país en crisis."

Tiene razón. El Uruguay no está en crisis. Sufre una decadencia. Y así va a entregarlo esta Administración.

Crisis fue la del 2002. Abrupta, estalló desde afuera. El FMI y el Frente Amplio pidieron que, como la Argentina, el Uruguay se declarara en "default". Sin embargo, salimos adelante sin dar quiebra, merced a la grandeza de miras del gobierno del Dr. Jorge Batlle y sus Ministros colorados, blancos y sin partido.

Costó la elección, pero ahí quedó el país en orden. Crisis es eso: golpe, oportunidad, desafío, cambio.

Pero esto que pesa sobre el Uruguay de hoy no es un episodio sorpresivo que imponga un alerta público para conjurarlo por excepción. Es una postración moral en actitudes públicas, que se suma a las consabidas fallas en seguridad y educación, como resultado de una lenta erosión de la inspiración pública y una caída de valores que corroe la confianza colectiva.

Tamaño cuadro no se calma con la sopa de cifras que manejó el orador para argumentar que no hay crisis, ya que vivir como gente es un derecho anterior a la bonanza o la desventura económica, ya fuere personal y se llame "llegar a fin de mes" o ya fuere colectiva y se llame PBI.

Es en decadencia nacional, sí, que va a irse este gobierno, porque ha instalado un modo de manejar al país sobre la base de emitir "señales para la sociedad" pero guardar un pesado silencio sobre los ideales de la República y los principios de la Constitución. La última semana fue de alquilar balcones. Véase.

Por oponerse desde la OEA a las brutalidades de Maduro, al excanciller Almagro se lo castigó con la expulsión del Frente gobernante, a pesar que el destinatario de la exclusión aclaró que no era afiliado. Pero por apropiarse de bienes del Estado —peculado— y por perpetrar abuso de funciones, al exvicepresidente Sendic se lo retiene militante en las filas, suspendiéndolo por 17 meses para que no dañe la imagen electoral pero reteniéndolo en filas como si fuera un honor. Tras un año de mantener encajonado el lapidario pronunciamiento del Comité de Ética, ¡a eso llegó el Plenario!

En un mundo que cruza desorientación con crueldad y en una región avergonzada por la corrupción, el deber del Uruguay es erguirse con voz propia, volviendo a defender principios y vibrar con ideales en vez de resignarse a seguir chapaleando barro.

Sabiendo todos que tenemos que derrotar a una decadencia cultural que ha sido sembrada a manos llenas y conscientes de que esa lucha va a ser mucho más dura que conjurar una crisis, cada ciudadano debe sentir el imperativo personal de convertirse en portador y agente de los mejores valores y en combatiente contra la ignorancia, la brutalidad, la indiferencia y el "no te metás".

Por eso, esta Navidad —cualquiera sea la ladera de fe o de no fe por donde transite el alma de cada uno— debe llamarnos no tanto a pedir milagros que rediman a la humanidad, como a abrazar propósitos y definir rutas con independencia personal y nacional.

Porque a la decadencia que el gobierno niega, se la combate solo afirmando los caminos creativos del pensamiento y la libertad.

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