Leonardo Guzmán
Leonardo Guzmán

De debates y esperanzas

Hoy 27 de junio aquí está uno, otra vez escribiendo para el diario de mañana.

Cuarenta y seis años después de aquella madrugada trágica en que los militares hollaron y amordazaron el Parlamento de la República, en esta medianoche han de silenciarse los ruidos preelectorales. Es que la ley dispone que cada ciudadano esté a solas consigo mismo, para elegir en conciencia antes de entrar el domingo con su lista al cuarto secreto.

¡Es una fiesta del alma que estemos citados para votar! Y más allá de dicterios, jugarretas e intromisiones -que habrá que analizar y esclarecer tanto como se pueda-, ¡vaya si es una alegría ver cómo, en un mundo desgarrado y descreído, sobreviven en el Uruguay de 2019 rescoldos del fuego sagrado que nos enseñó a hablar y plantear sin miedo y a no negarle el saludo a quien sueñe, piense o elija distinto!

Por cierto, la publicidad electoral a veces tupe y hasta empalaga, pero, puesto que es siembra de libertad, debemos celebrarla hasta cuando nos abruma y nos rechina.

Ensangrentados por homicidios que humanamente deben dolernos por encima de gremios y géneros, caminando entre drogadictos maldurmientes, abochornados porque nuestros horrores policiales le costaron a Italia la fuga de un célebre extraditable igual que a nosotros vienen costándonos cientos de muertos anónimos, este domingo todos tenemos la oportunidad de definir entre quiénes y hacia dónde queremos ir.

Por eso, con la carga de lo sufrido hace décadas y de lo vivido hace pocos días, esta ida a las urnas ha de constituir, más aun que de costumbre, un momento estelar de nuestra vida pública, que nos llama a elevarnos por encima de lo que somos y a decir, con fuerza, la índole de individuos y la clase de pueblo que queremos ser.

Eso sí: no basta la propaganda libre y la votación en fecha para garantir la vida democrática de la República. Convivir en libertad es oírse recíprocamente, refutando las falsedades del otro pero admitiendo sus verdades, de modo que la conciencia se nos agrande por dentro con síntesis propias donde haya lugar para la sorpresa. Eso es así en el pensamiento maduro del mundo civilizado. Y particularmente debe ser así en el país de Vaz Ferreira, que nos enseñó que no hay que tomar por contradictorio y excluyente lo que puede ser complementario y constructivo.

Pero he aquí que al Maestro de Conferencias, como a muchos, lo olvidamos. Ahora armamos debates con tal grado de formalidad electrónica y tan poco chisporroteo polémico que los protagonistas no aparecen enteros y espontáneos sino reducidos y jibarizados… porque así lo exige el molde.

Pasa con estos diálogos mochos igual que con las “aplicaciones” y los modelos preformados que nos hacen firmar a cada rato: lo formal impide que circule lo sustancial… y se le llama “garantías” a haber llenado unos casilleros que carecen de espacio para lo que es de fondo, lo que nos motiva o lo que nos conmueve.

Desaparecidos los corsés del cuerpo, ahora vamos aceptándolos en el alma, achatándonos en la descripción y la aceptación de lo que meramente ES.

Y olvidando que toda la Constitución de la República es un inmenso mandamiento que nos llama a ascendernos hacia LO QUE DEBEMOS SER.

Reportar error
Enviado
Error
Reportar error
Temas relacionados
Max caracteres: 600 (pendientes: 600)