Leonardo Guzmán
Leonardo Guzmán

La cuota y el caos

Corren semanas con la oposición deshojando la margarita para responderle al Dr. Tabaré Vázquez en qué forma acepta, o no, los 24 escuálidos cargos que le ofreció como cuota al barrer, excluyendo áreas primordiales como salud y educación.

Corren semanas con la oposición deshojando la margarita para responderle al Dr. Tabaré Vázquez en qué forma acepta, o no, los 24 escuálidos cargos que le ofreció como cuota al barrer, excluyendo áreas primordiales como salud y educación.

Tras civilizar nuestras costumbres a partir de 1904, no siempre hubo participación multipartidaria en el gobierno o los Entes. Pero hoy, todas las experiencias hechas -hace pocos meses el ojo avizor de la oposición hizo procesar a un Director gremial de ASSE-, para la salud republicana tal participación vale e importa mucho: controla a las mayorías; concreta la convivencia institucional de gobernantes y opositores; facilita el respeto, la comprensión y el diálogo.

Pero la entrada o no en los cuadros rectores de la Administración no debe disimularnos que los verdaderos problemas que tenemos en el Uruguay no son solo de un partido ni de otro, no nos reparten en mayoría o minoría y no merecen que nos dividamos por ideologías.

Radican en un dramático silencio espiritual entre las personas, que ambienta tragedias pasionales que no disminuyen por llamarlas “violencia doméstica” -la última de las cuales, hasta ahora, es el asesinato en Minas de una madre de cinco hijos por su esposo policía.

Fincan en la ausencia de choque de ideas dentro y fuera de los partidos, con la convivencia tan privada de vibración y compromiso que llegan a parirse renuncias intempestivas como la del Dr. Ney Castillo a la Intendencia de Montevideo, nueva prueba de la postración en que cayó el Partido Colorado por perder el apellido que le dio doctrina: Batllismo.

Se enquistan como una atonía de tal magnitud que nos hace transitar por Montevideo esquivando degradados por la pasta base, mal dormidos entre andrajos, sin indignarnos ni sorprendernos, abstraídos como estamos en cuidar que no nos roben.

Impersonales, los hechos SE despeñan. SE los vive como datos objetivos. SE los recibe como si fueran decretos fulmíneos de la naturaleza, sin autores responsables. SE los apila en estadísticas que nos informan qué SE debe aceptar.

En otras palabras: se ha desplazado el centro de gravedad de nuestra vida republicana, que no está más en la conciencia deliberante de cada yo en su encuentro con sus prójimos. Un sistema objetivo que acalla al hombre de carne y hueso va logrando que la sensibilidad ciudadana se reduzca a algún pasajero estupor de entrecasa y las más de las veces se amodorre en la atención flotante que se presta al televisor ante noticias insoportables, pero que se dejan resbalar. Cualquier mito ocupa el lugar de lo auténticamente humano, venga del fútbol, de la farándula cholula o del devenir legal de la marihuana.

La decadencia nacional radica en alimentar grupos donde se valora más la pertenencia obediente que la reflexión elucidante, ignorando la función rectora que debe cumplir el pensamiento en la formación del hombre y el ciudadano. El lenguaje no engaña: al niño y al joven, antes se buscaba inspirarlo y orientarlo para la vida; hoy se habla a gatas de “contenerlo” -casi enjaularlo.

Nuestro gran desafío no está, pues, ni en los cargos ni en las candidaturas. Está en reasumir el pensamiento como misión personal y colectiva.

Lo escribo con la angustia de haber despedido el domingo al noble hermano de sueños y repulsas que fue el Prof. Nelson Pilosof. En su homenaje, pude escribir mucho sobre él. Fui más lejos: como hacemos con los filósofos que se nos adentraron, escribí con él. 

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