Leonardo Guzmán
Leonardo Guzmán

Cultura popular

Con un Donald Trump escribiendo brutalidades, el Mediterráneo convertido en tumba líquida para migrantes desesperados, Siria bombardeada ante la pasividad del mundo y masas miserables avergonzando a la humanidad, ¿cómo no sentir que todo cruje sin esperanzas de aurora?

Con América otra vez hollada por personajes siniestros y con nuestro país manejado por admiradores de los Castro y los Chávez-Maduro, ¿cómo no mirar hacia el futuro con zozobra?

Pero en las crisis, la regla de oro no es desesperarse sino otear el horizonte y pensar. Si tal hacemos, veremos claro que, para enderezar el rumbo tras la tormenta, hay que abandonar creencias que se nos han enquistado como mitos. Mencionemos dos.

La primera: en el Uruguay y en gran parte de Occidente ha cundido la certeza de que todos los problemas provienen de la economía. Eso induce a esperar que unos empujes de prosperidad, una aceleración del endeudamiento o unos virajes al capitalismo o al socialismo bastarían para que cada persona se encontrare a sí misma y los pueblos fueren felices.

La segunda creencia: en países con tradición y costumbres republicanas —¡vaya si es el caso del Uruguay!—, renace cada cuatro o cinco años la expectativa de que un nuevo elenco reemplace al gobierno existente, limpie sus miasmas y acabe con sus incompetencias y sus injusticias. Esa expectativa es tanto más fuerte cuanto más importantes son los yerros que quedan a la vista en las alturas del poder y cuanto más se expande la ilusión de que el Estado es omnipotente, con lo cual bastaría votar gobernantes probos y lúcidos para convertir los infiernos en paraísos.

La cruza de la fe en la economía con la fe en los gobiernos que vendrán ha montado un positivismo práctico, un materialismo ramplón y una sed de pronósticos que impiden advertir que los verdaderos problemas de la actual incultura no se arreglarán desde la economía ni con la unción de nuevos gobernantes, por una sencillísima razón: ningún sistema económico y ningún gobierno puede funcionar sin inspiración. Y la verdadera raíz de nuestras desgracias es la caída de la inspiración. Hemos perdido de vista que la cultura —como sentimiento y como ambición de encuentro con el prójimo— está y debe estar muy por encima de la fortuna personal, el PBI colectivo y el talante de los gobernantes que nos echemos encima.

En este contexto, es hora de darnos cuenta de que no es bueno para la libertad ni es fecundo para el futuro nacional llamarle "cultura popular" al flechamiento ideológico, la pertenencia ciega y el fanatismo oscilante entre la arrogancia y el insulto.

Tampoco es bueno haber perdido la aptitud crítica, reemplazándola con ataques de barrabravas y dicterios salpicados de horrores ortográficos, que en las redes sociales se profieren desde el anonimato y que, al salirse de estilo, se tornan despreciables cualquiera sea la bandera que levanten.

Y peor aún es que un pueblo otrora distinguido por la altura de sus ideales, hoy viva dividido y perplejo, silenciado y sin más protagonismo cívico que el que le inflige y sella su sufrimiento.

La verdadera cultura popular jamás va a confundirse con la religión materialista de lo inmediato. La ambición cultural del sistema republicano fue ilustrar al soberano.

Y eso no se consigue acallando sentimientos, sino afirmándolos; ni haciendo abortar el pensar independiente, sino promoviéndolo.

Reportar error
Enviado
Error
Reportar error
Temas relacionados
Te recomendamos
Max caracteres: 600 (pendientes: 600)