Leonardo Guzmán
Leonardo Guzmán

Una clase inaugural

El Dr. Álvaro Garcé me trasmitió la particular satisfacción con que escuchó la clase inaugural de Filosofía del Derecho que hace tres días impartió el Prof. Dr. Nicolás Etcheverry en un aula de la Universidad de Montevideo.

En medio de una exposición panorámica sobre el porqué y el para qué de la filosofía, en pocos minutos los alumnos pasaron del silencio a la participación y el interés, entrando de lleno en la misión de la materia: enseñar a sentir, pensar y decir.

(La Filosofía del Derecho tiene nombre que suena abstracto y lírico, pero esclarece lo concreto nuestro de cada día; y no solo vibra en nuestras luchas de abogados, sino en la batalla de todos los mortales que no se resignan a ser masa y buscan ascenderse a persona: es cultura individual y cívica, en hondura.)

La anécdota del martes no puede sorprendernos a quienes conocemos el orden de los conceptos y la claridad que cultiva el distinguido catedrático Etcheverry. Eso sí: el episodio es repetido, pero no deja de ser íntimo. Todos los años se imparten clases inaugurales donde muchos educadores abren avenidas del pensamiento y marcan agendas y destinos en sus recién llegados alumnos. Nada de eso se menciona como un hecho público. Pero debe destacarse, porque lo íntimo merece estatuto y porque toda clase inaugural, de cualquier materia, cimenta bases esenciales que son la cultura misma, apuntando a mucho más que entrenar "operadores" en el manejo de funcionalidades superficiales.

Hace seis décadas, en clases de filosofía precisamente, observaba Carlos Benvenuto —en la línea vazferreiriana acompañada por los hermanos Paladino—, que en el Uruguay teníamos sin resolver múltiples "cuestiones de orden público espiritual": temas de fondo mal planteados, parálisis de nuestras potencialidades, ignorancia de que el espíritu es mucho más que el estado de ánimo. Pues bien. En el Uruguay de hoy, decadente no solo en la gestión pública sino en las relaciones privadas, los temas truncos de esa índole nos gangrenan el alma individual y nos atropellan el orden público. Por lo cual, si algo precisamos es el entusiasmo —los dioses en nosotros— y el estro —el aguijón— de las grandes clases inaugurales, cuyo eco tanto hizo por nosotros pero cuyo rastro perdimos colectivamente.

Si es auténtica, la enseñanza no puede reducirse a medición de resultados. Tampoco puede adocenarse como rutina, puesto que se cumple tanto mejor cuanto menos se la siente rutinaria. No debe confinarse en una racionalidad banalizada ni en una prohibición de escudriñar lo que no se sabe.

De todo eso hay que hablar, mucho más que del paro, también inaugural, que una parte de Secundaria dispuso precisamente para esta semana de iniciación de clases…

Ya comprobamos la laya de resultados a que conduce la indigencia del pensamiento. Es hora de dejar de distraernos frente a lo esencial, acabar con el silencio de los sentimientos y devolver todo su valor al mano a mano educacional, con docentes cuya estatura sobresalga por encima de ideologías y sistemas.

Todos los días desfila por penosos Juzgados de Violencia Doméstica, una interminable hilera de pobres y adinerados que ignoran las reglas elementales que enseñaban los refranes y el Billiken.

Con semejante cuadro, es tiempo de sentir que en cada esquina debe renacernos, por dentro, una clase inaugural del alma.

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