Leonardo Guzmán
Leonardo Guzmán

Desde los cimientos

Estamos viviendo la transición en términos pacíficos y educados. No es extraño: ni los desplantes de un Bolsonaro ni las guarangadas de una Cristina Kirchner son del Uruguay.

Allanarse a la voluntad de las urnas, abrirles las puertas de la Administración a los adversarios triunfadores y tratarlos con hidalguía es una costumbre que, en democracia, el Uruguay cumplió sin sentir. Así lo hizo en 1959, cuando el Ejecutivo inspirado por Luis Batlle Berres entregó el poder al Partido Nacional; en 1967, cuando el colegiado blanco rotó a la presidencia colorada de Oscar D. Gestido y Jorge Pacheco Areco; en 1990, cuando Luis Lacalle Herrera sucedió a Sanguinetti; en 1995, cuando volvió Sanguinetti.

Y en 2005, al entregar el gobierno Jorge Batlle, hubo grandeza cruzada con eficacia: tras la crisis de 2002, aquel ilustre Presidente allanó el camino con alta conciencia de Estado, cuentas trasparentes y arcas en orden, dejando la cuarta parte de la deuda actual con la economía en franco repunte.

Nuestra voluntad de convivir llegó al extremo de la paciencia al soportar que el juego interno de las fuerzas gobernantes encaramase en la Presidencia a una cruza de ignorancia y lenguaje de letrina, que ofendió al trabajo y la cultura e hizo industria de la contradicción. Por encima de vaivenes y personajes pasajeros, en este pueblo siempre habrá partidos y líderes que aman la libertad y las instituciones más que sus ambiciones y dolores por el poder. Somos y queremos ser republicanos, a pesar de todo. Y es desde esos valores que hasta ahora vivimos con llaneza el interregno hasta la asunción.

Pero ni los buenos modales de la despedida ni la naturalidad cívica de la inauguración podrán distraernos de las desgracias que nos hacen vivir mucho peor que lo que dicen los datos sobre déficit fiscal y desempleo: por lo cual el gobierno entrante, junto con la ciudadanía, deberá levantar la vida nacional reconstruyendo el espíritu público desde los cimientos.

Es que el equipo que se va está teñido por fuertes vetas de oscurantismo totalitario, que a puertas cerradas defendió a un Vicepresidente que terminó defenestrado por mendaz y corrupto y en la calle puso a unos contra otros, justificándolo todo con una teoría marxista-gramsciana sobre la guerra de clases.

Y es así como hoy no sólo andamos entre los fracasos de las políticas públicas: vivimos en un Estado de Derecho degradado.

Los crímenes en familia formal e informal -que son mucho más que “violencia doméstica”-, las rivalidades entre bandas de facinerosos -que son mucho más que “ajustes de cuentas”- se han convertido en agujeros negros de la legalidad que otrora nos enorgulleció.

Un ominoso contrato secreto mal firmado con UPM soterró el proclamado acceso a la información pública. Con las Comisarías vacías y sin ejecutividad, con el proceso penal sustraído al Poder Judicial y entregado a Fiscalías que dejan indefensas a las víctimas y negocian penas que legalmente son de orden público, los formularios y los “sistemas” sujetan y asordinan todo. ¿Resultado? La ley ha perdido su rasgo esencial de imperatividad, en medio de un ostensible retroceso cultural, que va desde el mal gesto a la baja comprensión y la carencia de ideales.

Contra esa trivialización de todo, se alzó el voto que el alma pronuncia hoy en la calle igual que ayer en las urnas.

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