Leonardo Guzmán
Leonardo Guzmán

Las cifras de Rachetti

La Concertación fue inicialmente sacudida por el truncamiento abrupto de las candidaturas que preveían blancos y colorados. Pero se repuso. Y ya logró un mérito inmenso: presentar en armónica conjunción a tres postulantes -Garcé, Rachetti y Novick-, ciudadanos serios, sólidos, de trabajo, que dicen con precisión cómo piensan, no viven de la imagen, no ordeñan la demagogia y son sostenidos por líderes partidarios educados y respetuosos.

De hecho, por presencia y actitud los tres revitalizaron la espontaneidad cívica de Montevideo con planteos concretos. Y levantaron la apuesta, al permitirnos elegir por talentos y virtudes y no por imposición o descarte.

Ese mérito -recuperación moral y espiritual por sobre la degradación- no lo empañará la victoria ni lo anulará la derrota de la Concertación.

El lema continuista que se le contrapone -continuista de calles rotas, ciudad insegura y mugre- no exhibe esos valores. ¡Qué va! Está indeleblemente signado por la dominant

La Concertación fue inicialmente sacudida por el truncamiento abrupto de las candidaturas que preveían blancos y colorados. Pero se repuso. Y ya logró un mérito inmenso: presentar en armónica conjunción a tres postulantes -Garcé, Rachetti y Novick-, ciudadanos serios, sólidos, de trabajo, que dicen con precisión cómo piensan, no viven de la imagen, no ordeñan la demagogia y son sostenidos por líderes partidarios educados y respetuosos.

De hecho, por presencia y actitud los tres revitalizaron la espontaneidad cívica de Montevideo con planteos concretos. Y levantaron la apuesta, al permitirnos elegir por talentos y virtudes y no por imposición o descarte.

Ese mérito -recuperación moral y espiritual por sobre la degradación- no lo empañará la victoria ni lo anulará la derrota de la Concertación.

El lema continuista que se le contrapone -continuista de calles rotas, ciudad insegura y mugre- no exhibe esos valores. ¡Qué va! Está indeleblemente signado por la dominante metralla publicitaria de una candidatura que surgió de un deplorable manejo ganancial del poder público, protagonizado por una pareja bochornosamente aplicada a dividir a la ciudadanía en “nosotros los buenos y ellos los malos”.

Sin que la cónyuge haya tomado jamás distancia, el más locuaz del matrimonio ha lanzado periódicas ráfagas de insultos soeces, intestinales y genitales a todos y cada uno de sus conciudadanos -la última vez, hace dos días, al decir- “En Uruguay no somos afectos a la corrupción; somos pelo... ”.

Contra este contexto, el Dr. Ricardo Rachetti planteó con nitidez los temas del transporte y clamó por controlar las bases del precio que paga el usuario y de los subsidios que sufragamos todos, acabando con “el cero riesgo empresarial”. Cifras en mano, mostró que “el FA no sabe ni siquiera cuántos boletos se venden”, reclamó “dejar de tomar como buenos los datos que brindan las empresas” y pidió que la Intendencia fiscalice, “ya que hoy la paramétrica se construye con los costos que brinda cada empresa”.

Preguntado sobre esto el señor Juan Salgado, presidente de Cutcsa, espetó: “No sé quién es Rachetti, no estamos teniendo conocimiento de algunos candidatos que no marcan en el score”. Respuesta no esperable de una empresa que supo nacer como cooperativa idealista y creció con la inspiración de Añón, Panizza, Azcárate y tantos. Respuesta impropia de empresario. Y peor aun, respuesta impropia de la limpidez que se espera del diálogo republicano. La mayor garantía de la honestidad pública -ahora se la llama “transparencia”- radica precisamente en el derecho individual a preguntar, cuestionar y denunciar, sin necesidad de acreditar posición en ningún marcador de pronósticos.

Las cifras que importan de Rachetti son las que planteó y reclamó aclarar. Los votos que obtenga como candidato se sabrán después. Pero el acierto que logró como ciudadano se mide desde ya: dejó indeleblemente instalada la necesidad de aclaraciones numéricas, junto con la urgencia de que el Estado vuelva a controlar y defender el interés público con objetividad, en vez de promover connubios donde las soluciones se apalabran políticamente en la trastienda.

El Estado tiene una misión propia, que debe cumplir sin desviaciones de poder. Y eso -¡por favor!- no se aviene con la hipocresía de proclamarse anticapitalista pero cebar a los monopolios, pactando ser “nemici in pulpito ma amici in frittata”.

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